El burrito blanco

Una vez nació en una pradera un burrito blanco. Su mamá lo miró extrañada: “¿Por qué mi burrito nació sin color?”, le pregunto al padre del burrito. “Tú eres gris, yo soy de color plomo y todos nuestros parientes en las praderas y en los pueblecitos, son de color plomizo”, dijo el padre, inclinando sus largas orejas con preocupación.

“En verdad, a nuestro hijito le falta algo. Esperemos que crezca” dijo la madre del burrito.

“Aparte del color no le falta nada, tiene dos largas orejas, una colita larga y suave, y cuatro patas esbeltas. No es feo. Tal vez cuando crezca el color le aparezca”.

Pero el burrito no le gustó ser diferente a los demás. Estaba triste por no tener la piel gris como sus primos y sus hermanos de la pradera, como su papá y su mamá.
Y apenas sus delgadas piernas le sostuvieron bien, decidió marcharse.
Cuando sus padres dormían se levantó, miró alrededor y vio el campo silencioso. La luna blanca bañaba en plata las piedras y las flores, y el burrito se veía más blanco aún en la noche clara.

“No importa”, se dijo, “todos duermen y nadie me verá .Mañana buscare una cueva donde ocultarme”.
El pequeño burrito no sabía que algunos animales despertaban de noche. Y así fue como al caminar por la hierba se encontró con una mariposa nocturna que buscaba savia de las hojas para beber.
Al ver el burrito, susurró:
“¿Adonde vas, burrito blanco?, Como la nieve parece tu manto,
Como la nube es tu andar, ¿Un color vienes a buscar?”

“Que triste”, pensó el burrito, “¿acaso no puedo encontrar un lugar donde nadie me vea ni pueda burlarse de mi falta de color?”

Al pasar por un muro de piedras se encontró con una lechuza de grandes ojos luminosos que buscaban algún ratoncito para comer. Al ver al burrito blanco abrió sus anchas alas y suspiró:

“¿Adónde vas burrito blanco?, como la escarcha parece tu manto,
Como neblina es tu andar, ¿un color vienes a buscar?”

El burrito bajo la cabeza y la lechuza se deslizo por el aire para atrapar un ratón que había salido de su agujero.
Siguió caminando el burrito y la luna redonda estaba ya muy arriba en el alto del cielo. Al pasar por un viejo árbol, un puma negro que aguardaba allí lo diviso y lo miró con sus malos ojos amarillos. El burrito se asustó y pensó que había llegado su fin, cuando escuchó gruñir al puma desde el árbol:
“¿Adónde vas burrito blanco?, como la espuma parece tu manto,
como el aire es tu andar… ¡Nada que pueda mi hambre saciar!”

“Al menos no me quiere devorar el puma malo”, pensó el burrito, cuando a lo lejos vio a alguien caminar a la luz de la luna.
“Buenas noches, hermoso burrito blanco”, dijo acercándose un extraño niño.

El niño llevaba una camisita alba como flores de naranjo y a su alrededor irradiaba una luz excepcional. Llevaba una carga pesada que apenas podía alzar.
“Muchas gracias”, dijo el burrito, ¿quién eres tu que no me dices feo como todos los demás?”
“Soy el Niño Jesús y del mundo voy por todos los caminos para llevar a cada niño de esta Tierra un regalo, porque pronto será Navidad. “¿Quieres venir conmigo para poderme ayudar?”
El Niño Jesús se acerco al burrito y le acarició entre las orejas diciendo:

“Tu piel es de nubes, y tus ojos son estrellas, tu andar es ligero,
no hay cosa más bella. Tus atentas orejas son de terciopelo
¡Pareces venir del mismísimo cielo!”

El burrito blanco sintió latir su pequeño corazón como un martillito, y pensó que estallaría de tanta alegría.
El Niño Jesús le puso en el cuello una rienda hilada de luz de luna y la adorno con cascabeles de oro.
Y así fue como el Niño Dios ya no tuvo que ir a pié a repartir los regalos de Navidad.
Desde ese día siempre llega montado en su burrito blanco.

La mariposa

Cansadas sus alas, una mariposa revoloteaba sobre la pradera. Caía una ligera llovizna que empapó sus bellas alas, poniéndolas tan pesadas que la mariposa cayó sobre la hierba. Casi todo el polvo brillante que cubría sus alas había desaparecido. En vano trató de volar. Se arrastró penosamente hacia una planta y puso un par de pequeños huevos bajo sus hojas. Viendo que sus alas ya no podían levantarla, las dobló y permaneció quieta, soñando con flores y rayos de sol mientras la lluvia caía más y más tupida. Cundo sopló la fría brisa de la noche sobre la pradera, la mariposa se durmió para siempre. Los pequeños huevos quedaban al cuidado de la Madre Tierra. Durante el día, el sol los cubría con su calor; en la noche, la tierra los envolvía con su tibio aliento. La hoja los protegía de la lluvia, de manera que siempre estaban bien cuidados. El torrente de vida latente en la vieja mariposa se había agotado, pero había dejado una chispa en cada huevecillo. Pasaron los días, se percibió un suave movimiento debajo de la delicada envoltura. Un rayito de sol que jugueteaba envolviendo la planta exclamó: “salgan, salgan”. El huevo se estiró, se agitó y, por fin, se rompió dejando salir una pequeña larva con el cuerpo cubierto de puntos amarillos, tan suaves y tiernos como un hilo de seda. La pequeña criatura se arrastró hacia la verde hoja, haciendo de aquel lugar su jardín; así como también su fuente de alimentación. La larva se dio cuenta de que el borde de la hoja era más sabroso, y poco a poco roía las esquinitas. Después de unos cuantos días, la mitad de la hoja había desaparecido. El rayito de sol gritó de nuevo:”sal hacia el verde mundo”. La pequeña larva se deslizó de planta en plana. No todas les gustaban y siempre permanecía más tiempo sobre las plantas que se parecían a aquella que fue su primer hogar. El tiempo pasó, la larva creció. Después de unas cuantas semanas, su lomo se cubrió de mechones de pelusa larga de color café, entre esos mechones brillaron pequeñas motas rojas. Terminó el verano. El viento de otoño sopló sobre la pradera y sobre los campos. El rayo de sol volvió a decir; “busca un lugar tranquilo, que te sirva de albergue”. Obediente la larva se deslizó entre las piedras, adentrándose en la tierra. Tenia miedo de la oscuridad y murmuró quedamente:”Madre Tierra, ayúdame a penetrar, el sol quiere que me aleje de los verdes campos”. La Madre Tierra respondió con ternura:”No llores, deja tras de ti el verde mundo, sigue el consejo  del sol, ven a mí. Despójate de tu ropaje, está viejo y arrugado; ahora duerme, mis duendes tejerán bellos sueños para ti”. La larva tiró su traje usado y descansó placidamente. Súbitamente sintió que su cuerpo se ponía tenso, duro, como si fuera de madera, no podía moverse. Sintió que se asfixiaba, quiso pedir ayuda a la Madre Tierra:”Ayúdame, ayúdame esto debe ser la muerte”, gemía. Pero antes de poder pronunciar una sola palabra, cayó en un profundo sueño. Su piel se endureció como la madera. Cuando llegó el invierno, los copos de nieve cubrieron las tierras y las estrellas brillaban intensamente en el cielo nocturno, ocurrió un milagro dentro del cuerpo de madera de la larva. Con suaves deditos, misteriosos duendecillos introdujeron un traje celestial en el quieto y silencioso cuerpo de madera. Lo habían tejido con luz de las estrellas y resplandor del arco iris. La tibia primavera fundió la nieve. Su calor llegó al fondo de la tierra. En la pradera, las flores se abrían a la luz cálida del sol, y cuando hubieron engalanado los prados con sus brillantes colores, allí en el interior de la tierra, se abrió la caja de madera y donde se durmió la larva despertó una mariposa. Buscando su caminito entre las piedras, la mariposa surgió al aire libre, hacia la luz. Oyó el eco de un canto que venía desde el mundo brillante: “ven con nosotras” decían en el lenguaje de las flores. Las flores se quejaron al sol: “ojala pudiéramos también volar hacia ti, trenzando figuras entre tus rayos”. El sol replicó: “debo vagar sobre tierras y mares; esperen un poco y mi “pájaro-sol”, vendrá hacia ustedes. El sabe las maravillosas historias de las estrellas y del arco iris. Al mismo instante, la mariposa voló, posándose sobre las flores. Permaneció para siempre con ellas y las flores la querían como una hermana.

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