El Ángel Lila

El último domingo antes de Navidad, es un gran ángel, con capa de un violeta muy tierno y cálido, el que aparece en el cielo y sobrevuela toda la Tierra, llevando en sus manos una gran lira. Toca con esta lira una música muy dulce y acompaña su canto, que es muy armonioso y claro. Pero para poder escucharlo hay que tener un corazón silencioso y atento.

Su música es el gran canto de paz, el canto del Niño Jesús y del Reino de Dios que viene sobre la Tierra. Muchos angelitos le acompañan cantando también y se regocijan en el cielo.

Entonces todas las semillas que duermen en la Tierra se despiertan y la misma Tierra escucha y se estremece: el canto de los ángeles le dice que Dios no la olvida y que algún día ha de ser de nuevo Paraíso

El Ángel Blanco

El tercer domingo, un ángel completamente blanco y luminoso desciende hacia la Tierra. Tiene en su mano derecha un rayo de sol que posee un poder maravilloso.

Va hacia todos los humanos en cuyos corazones el ángel rojo ha encontrado amor verdadero y les toca con su rayo de luz. Entonces esa luz penetra en los corazones de esos humanos y los ilumina y calienta desde su interior.

Es como si el mismísimo sol alumbrara a través de sus ojos y descendiera por sus manos y pies y todo su cuerpo. Aún los más pobres, los más humildes de entre los hombres cuyos ojos han sido iluminados por su luz. Esa luz es la que en Navidad también nos permite ver al niño que nace en el pesebre.

 

El Ángel Rojo

En tal día como hoy, un segundo ángel desciende del cielo; va vestido con una gran capa roja y lleva en la mano izquierda una gran cesta, toda de oro. La cesta esta vacía él anhela llenarla para luego llevarla rebosante ante el trono de Dios, pero ¿qué ha de poner en ella?

La cesta es muy fina y delicada, pues esta hecha de rayos de sol; por lo que no ha de llenarse con cosas duras y pesadas.

El ángel visita toda la tierra y, muy discretamente, busca en todas las casas. ¿Qué busca? Mira en el corazón de todos los hombres para ver si encuentra en su corazón un poco de amor verdaderamente puro. Y ese amor lo guarda bajo su capa y….se lo lleva hacia el cielo. Y allí, los habitantes del cielo, los Ángeles y también los hombres que murieron en la Tierra, toman ese amor y de él hacen luz para las estrellas.

 

Nuestra fiesta del farol

Os compartimos algunas imágenes de nuestra Fiesta del Farol. Agradecidos de nuestros niños, motores de tanta belleza, panaderos generoso, al maravilloso coro de madres, padres, abuelos, abuelas y amigos, a las manos sutiles que dieron vida a un teatrillo inolvidable y ai calor de quien, con amor, ha preparado una deliciosa sopa, A la voz de otoño que nos cantó la historia de Martín, y a los enanos que trabajaron sin ser vistos. A todos gratitud.
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Una historia de Navidad

Hace mucho tiempo el emperador Augusto envió a todos a empadronarse, entre ellos a José y María. Entonces José cogió  a su burrito y dijo a María: “María debemos emprender el camino a Belén”.

Caminito, caminito, caminito de Belén,

Va María en su burrito, va María y José

Va María delante y José va detrás

Y en el medio va el burro cataplín, cata plito plan (Canción)

El camino era largo y difícil, las piedras del camino lastimaban los pies de María con sus aristas y sus ángulos, María casi no podía continuar. Cuando  una lágrima de dolor, broto de los ojos de María, del cielo bajó el Ángel y transformó todas las piedras, duras y angulosas, en suaves y finos cristales, por donde pudo pasar María, pasó José y pasó también el burrito.

A poco andar llegaron a un río, un río torrentoso y caudaloso. El burrito puso la pata pero el agua estaba demasiado fría para él también. Entonces María se arrodillo delante del río y susurró con voz suave: “Río querido río, déjanos pasar. Río querido río, regálanos un puente”, de hielo cristalino el río un puente regaló, firme y transparente, por donde pudo pasar María, pasó José y pasó también el burrito.

Al llegar a Belén la noche era oscura y fría. María estaba a tiempo de dar a luz y no tenía lugar.

Un posadero de buen corazón. ofreció a María todo lo que tenía, un pobre y pequeño establo con un buey y  ovejita.

Al sonar las doce de la noche, justo cuando el gallito cantó, del cielo bajó el Ángel y dejó en los brazos de María al amado niño.

El corazón de María se alegró grandemente y las estrellas en el cielo brillaron más que nunca.

Los pastores también se alegraron y al niño con presentes visitaron.

Vamos a Belén pastores

Que ha parido una  pastora

Un niño que es una flor

Y ella de contenta llora (Canción)

La niña del Farol

Había una vez una niña que llevaba su brillante farolito por las calles llena de alegría.

 

Yo voy con mi farolito y mi farolito conmigo;

Arriba brillan estrellas, abajo yo y mi amigo.

 

Entonces vino el viento silbando y zumbando.

Y la lucecita apagando.

 

-¡Oh! –exclamó la niña-. ¿Quién encenderá mi farol?-. Pero por mucho que buscó, nadie apareció.

(Llega un erizo).

¿Qué es lo que se mueve en el follaje? ¿Qué es lo que anda a pasitos cortos y rápidos?

¿Qué es lo que se desliza tan deprisa? ¡Es un amiguito con pinchos!

Querido erizo mío, el viento apagó mi farol. ¿Quién puede encendérmelo de nuevo?

 

No te puedo contestar, tienes otros a quien preguntar.

No me puedo parar, donde mis hijos tengo que estar.

 

(La niña sigue su camino. Llega un oso).

¿Qué es lo que tanto gruñe? ¡Es el amigo oso! Querido oso mío, el viento apagó mi farol.

¿No sabes de alguien que pueda encendérmelo? El oso mueve su gordinflona cabeza y dice:

 

No te puedo contestar, tienes otros a quien preguntar.

No me puedo parar, tengo que ir a descansar.

 

¿Qué es lo que se mueve tan suave? ¿Qué es lo que se desliza por la hierba?

Es un listo y astuto zorro. Husmea con su nariz y dice a la niña:

De aquí te tienes que marchar, a tu casa tienes que llegar. Debo deslizarme y observar. Pronto un ratón quiero cazar.

 

Entonces la niña se sentó en una piedra y llorando dijo:

¿Nadie me quiere ayudar?

Las estrellas la oyeron y dijeron:

Al sol debes preguntar. El te puede contestar.

La niña recobró su ánimo y siguió adelante. Finalmente llegó a una casita. Dentro vio a una anciana que estaba hilando en una rueca. La niña abrió la puerta y dijo: -¿Sabes el camino hacia el Sol? ¿Quieres venir conmigo?

 

Tengo que trabajar. Hilos finos tengo que hilar.

Pero descansa un poco a mi lado pues te espera un camino largo y cansado.

La niña entró y se sentó. Cuando la niña hubo descansado cogió su farol y siguió su camino.

 

Y caminando llegó a una casita. Dentro se encontraba el anciano zapatero arreglando zapatos.

– Buenos días, querido zapatero. ¿Conoces tú el camino que lleva al Sol? ¿Quieres venir conmigo?

Y el zapatero dijo:

Muchos zapatos hay que arreglar no tengo tiempo para pasear.

Pero descansa un poco a mi lado pues te espera un camino largo y cansado.

Cuando la niña hubo descansado, agarró su farol y siguió adelante. Finalmente, en la lejanía, vio un monte muy alto. Y pensó:

 

– Allí arriba vivirá el Sol.

Y corrió ligera como un corzo. Se le acercó un niñito que estaba jugando y saltando con su pelota en la pradera.

-¿Quieres venir conmigo al sol? Pero el niño prefería saltar y jugar.

Entonces la niña subió sola su camino, subiendo más y más por la montaña. Pero allí arriba tampoco encontró al Sol. Y pensando se dijo:

– Aquí me quedo esperando al Sol.

Y se sentó en el suelo a esperarlo. Como estaba muy cansada de tanto andar, se le cerraron los ojos y se quedó dormida.

Pero el Sol había visto a la niña desde hacía tiempo, y cuando llegó el atardecer se inclinó y le encendió el farol. Entonces la niña se despertó y exclamó:

-¡Oh! mi farol brilla de nuevo.

 

Y levantándose, se puso alegremente en camino.

 

De nuevo encontró al niño, y éste le dijo:

– He perdido mi pelota y no la puedo encontrar.

– Yo te voy a iluminar –le dijo la niña.- Aquí está –gritó el niño-. Y se alejó cantando y saltando.

 

La niña siguió su camino y llegó a la casa del zapatero.

El zapatero estaba triste en su cuartito. – Se apagó la lumbre –dijo- mis manos se quedaron tiesas de frío, y no puedo seguir arreglando zapatos.

– Yo te encenderé de nuevo la lumbre –dijo la niña.

El zapatero se calentó sus manos y siguió diligentemente martillando y cosiendo.

 

Lentamente prosiguió la niña su camino a través del bosque, llegando a la casita de la anciana. En su cuartito no había luz. – Mi luz se apagó –dijo la anciana-. Desde hace tiempo no puedo seguir hilando.

– Yo te encenderé de nuevo la luz –dijo la niña alegremente.

Entonces la anciana cogió de nuevo su rueca y siguió hilando finos hilos.

 

Por fin la niña llego al bosque y todos los animales se despertaron del resplandor.

El zorrito husmeó y miró la luz. El oso gruñó y gruñó, acurrucándose aún más en su cueva de invierno. El erizo se acercó lleno de curiosidad:

– ¡Qué luciérnaga tan grande hay aquí!

 

La niña se fue alegremente a casa cantando:

 

Yo voy con mi farolito y mi farolito conmigo;

Arriba brillan estrellas, abajo yo y mi amigo.

 

El hombrecillo de Otoño

Ocurrió en un día de septiembre caluroso, que el viento del este, sin darse cuenta, llevaba en su abrigo de viento un pequeño hombrecillo consigo. Su melena era roja como el fuego y su barba también. Llevaba un abriguito de mil colores. Los gnomos y los elfos le llamaban el Hombrecillo de Otoño. Nadie sabía de dónde venía, pero la aparición del hombrecillo desencadenaba siempre grandes preparativos de viaje. A su llegada, todos se preparaban para marchar al interior de la tierra.

Era divertido observar el Hombrecillo de Otoño, agarrado a los pliegues del abrigo del viento. Miraba con ojitos alegres y negros a su alrededor. Cuando el viento del este pasaba por encima de una zarzamora silvestre, el Hombrecillo dio un brinco y saltó encima de una hoja de zarzamora. Suavemente la acarició con sus pequeñísimos dedos toscos y lentamente el verde se transformó en un rojo profundo. Al lado del arbusto estaba una lagartija tomando sol, y de placer se rio a la manera de las lagartijas, viendo el maravilloso cambio, y la zarzamora misma pareció disfrutar de la pintura encantadora del Hombrecillo de Otoño porque gustosa le alargó sus ramas a las manesillas toscas del ser multicolor. Pronto brillaron muchas ramas de rojo profundo; algunas sólo tenían puntitos y manchas amarillas en el verde de las hojas, pero esto no bastaba al hombrecillo. Ágilmente saltó a un arce que crecía al lado de la zarzamora en una pendiente. Hoja tras hoja tocaba el hombrecillo y transformaba el color de las hojas en amarillo reluciente. Todo el árbol se alegró de su nuevo esplendor y los rayos del sol bailaron entre las ramas e iluminaron el árbol de oro. Así, el hombrecillo brincó de arbusto a arbusto, de árbol en árbol y transformó el bosque entero. A veces saltaba a la cima de un árbol y lo teñía color oro, a veces susurraba a las hojas verdes:

– vendré más tarde con vosotras, no os pongáis tristes.

Las hojas se movían con el viento, conocían al hombrecillo y sabían que iba a mantener su palabra. Así, durante muchos días se dedicó a su juego divertido.

De vez en cuando, el otoño miraba a través de los árboles y observaba sonriente a su fiel ayudante. Pero de pronto, llegó noviembre y trajo consigo las nieblas, las lluvias y el frío. Desapareció el esplendor. Las hojas marrones caían en silencio al suelo. Todos los animales se escondieron en sus madrigueras y escondites protegidos. Los pájaros se ocultaron en sus nidos. Ayer aún, un cuervo viejo había visto al Hombrecillo de Otoño – Pero hoy había desaparecido- ¿A dónde había ido? Nadie lo sabe. Sin embargo, el año próximo vendrá de nuevo.

 

Editorial Rudolf Steiner

 

Canciones de Otoño

Hoja seca

Una hojita seca se cayó de la rama

Un montón de hojas le sirvió de cama

Se quedó soñando un solo minuto

Y mientras soñaba se la llevó el viento

 

otoño

otoño dorado

cáen las hojas

y los árboles se quedan pelados

 

La manzana

hojas amarillas, doradas y rojizas

del jardín mullida camita

cuidan y calientan a la semillita

que soñando espera convertirse en manzanita

 

Otoño de luz menguante

De lluvia, viento y color

Son tu capa y tu turbante

Otoño de luz menguante

La suerte y la desgracia

Había una vez un rico y un pobre. Cada empresa que el rico realizaba, le resultaba muy beneficiosa, y la suerte le era tan favorable, que tenía más que suficiente; sí, tenía demasiado para sí mismo. Pero él no era ni arrogante, ni avaro, sino que proveía de su abundancia a los demás.

Por el contrario, para el pobre todo eran fracasos; permanecía pobre cada vez más hundido en la miseria. Pensaba que la Desgracia había sido la madrina de su bautizo y le había maldecido. Por ello se volvió amargado, codicioso y envidioso.

Un día le llamó el rico al pobre y le dijo: Amigo, ve a la casa dorada de la Suerte y dile que ya tengo más que suficiente y que no necesito ya de sus regalos. Por este recado te quiero dar diez piezas de oro.

En vez de alegrarse por este inesperado servicio, del que mucho necesitaba, se sintió el pobre codicioso y replicó: Eh Señor, el camino hasta la Suerte es muy largo y sobre todo difícil de encontrar, especialmente para mí, que tantas veces lo he buscado en vano. A ti, se te presenta en verdad muy fácil pues la Suerte siempre ha viajado a tu lado. ¿Por eso has de darme mínimo 20 piezas de oro!

El rico estuvo conforme, a pesar del asombro que le causo la desvergüenza del pobre. Éste se dispuso a ir, pero al llegar a la puerta se volvió y dijo que 20 piezas de oro le parecía aún poco.

¡Ahora iras solo por nueve monedas!, dijo el rico, ¡pues ahora no te ofrezco más!

¿Cómo?, gritó el pobre, ¡Esto es una broma pesada! ¿No quiero ir por veinte y me ofreces nueve?

Bien entonces lo olvidamos, dijo el rico.

Esto hablandó al pobre, que se había alejado testarudamente. Así que se volvió y se ofreció a ir por nueve

Pero ahora solo te daré seis, dijo el rico firme, pero tranquilo.

Menudo robo, por seis no iría nunca, gritó el pobre y se alejó aún más obcecado.

Pero apenas había salido de la casa, pensó en lo bien que le habrían venido esas seis monedas de oro. Así que regresó mucho más humilde y se ofreció a ir por seis.

Quieres decir por tres, pues ya no te ofrezco más, respondió el rico.

¿Cómo que tres? ¡Con eso no pagas ni los zapatos que desgastaré en el camino! ¡Por tres míseras piezas no voy!

Salió lleno de cólera, pero de camino entró en razón y se dio cuenta de la inesperada suerte que suponían esas tres monedas. Así que dio la vuelta y se ofreció a ir por tres.

Pero ya no hablamos de tres: te doy una y es mi última palabra, dijo el rico.

Bien, pues que sea una, gritó el pobre, y echo a correr tanto como pudo, para que el rico no cambiara de parecer.

Tras muchas penas y fatigas, por tierra y por mar, pudo encontrar el pobre al fin el desconocido camino que llevaba a la dorada casa de La Suerte. Deslumbrado por su resplandor, tocó a su dorada puerta. Entonces apareció La Suerte y le preguntó qué era lo que buscaba. Cuando le comunicó el mensaje que llevaba del rico, respondió la Suerte:

Dile al rico que seguiré colmándole con mis regalos, porque cree en mí. ¡Tú sin embargo márchate!

Cuando el pobre suplicó que le sonriera la Suerte una sola vez, le señaló la casa de su vecina, la Desgracia, que habitaba una derruida cabaña detrás de la casa dorada. A ese lugar pertenecían los hombres que, como él, pensaban que cargaban con una maldición sobre ellos. El pobre quiso ver a la Desgracia que era causante de su destino, y se introdujo sigilosamente en la cabaña, en la que la Desgracia dormía. Entonces rompió en maldiciones, hasta que la Desgracia despertó y le preguntó qué era lo que quería.

Devolverte tu maldición, gritó el pobre.

Despacio, despacio, respondió la Desgracia. ¿Acaso no acabas de ganar una pieza de oro, porque yo estaba durmiendo? ¡Pues eso no volverá a sucederte, ya que me acabas de despertar!

 

La casita

En la mitad del campo había una casita de paja, rodeada de prados  y flores.

Pasaba por allí, muy de prisa, una ratita Pardita. Buscaba donde vivir y pregunto:

Casa, casita, ¿Quién adentro habita?

Como nadie contestó, la ratita comenzó a vivir en ella muy feliz.

La rana Cuacuana iba saltando por el campo. De pronto vio una casita muy hermosa.

Casa casita ¿Quién adentro habita?

Soy la ratita Pardita, y ¿Quién eres tú?

Soy la rana Cuacuana.

Pues vente a vivir conmigo.

Y Cuacuana y Pardita comenzaron a vivir en la casa.

Y aquí va Brincalejos, el conejo más veloz. Pasa, ve la casa y pregunta:

Casa casita, ¿Quién adentro habita?

Yo, la ratita  Pardita.

Yo, la rana Cucuana.

¿Quién eres tú?

El conejo Brincalejos.

Pues vente a vivir con nosotras.

El conejo da un magnífico salto y así empiezan los tres a vivir juntos.

Pasa por allí la zorrita Rabirojita. Da unos golpecitos en la ventana y pregunta:

Casa casita, ¿Quién adentro habita?

Yo, la ratita  Pardita.

Yo, la rana Cuacuana. Yo, el conejo Brincalejos.

¿Quién eres tú?

Yo soy la zorrita Rabirojita.

Pues vente a vivir con nosotros.

Se mete así la zorra en la casa y los cuatro empiezan a vivir juntos.

De pronto pasa por allí un oso Zarposo. Ve la casita y con un gruñido amistoso pregunta:

Casa casita, ¿Quién adentro habita?

Yo, la ratita Pardita.

Yo, la rana Cuacuana.

Yo, el conejo Brincalejos.

Yo la zorrita Rabirojita

¿Quién eres tú?

Yo soy el oso Zarposo

Pues ven a vivir con nosotros.

El oso intenta entrar. Lo intenta por la puerta,  lo intenta por la ventana pero no puede pasar.

Entonces dice:

Creo que mejor será que viva en vuestro tejado.

¿y hundirnos la casita! –contestan todos a  coro.

Pero como voy  a hundir la casita

Está bien, está bien, sube.

Y sube el oso al tejado, y en el mismísimo instante en que se sienta

–¡cataplás! – la casita se derrumba

Disparados salen

la ratita Pardita, la rana Cuacuana, el conejo Brincalejos y la zorrita Rabirojita.

Desolados se quedan todos , pues no tienen donde vivir.

Pero tienen una idea, empiezan a traer troncos del bosque, sierran tablas,

y construyen una nueva casa, que alberga a todos y es mucho  mejor que la anterior.

 

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