La Serpiente Blanca

Hace mucho tiempo vivía un rey, famoso en todo el país por su sabiduría. Nada le era oculto; y parecía que por el aire le llegaban las noticias de las cosas más desconocidas  y secretas. Pero tenía una extraña  costumbre. Todos los días, después de la cena, cuando la mesa había sido retirada y cuando nadie se hallaba presente, un criado de confianza le servía un plato más. Estaba tapado, y ni siquiera el criado sabía lo que contenía, pues el Rey no lo descubría ni lo comía hasta encontrarse completamente solo.

Las cosas siguieron así durante mucho tiempo, hasta que un día al criado que retiraba el plato, le entró una curiosidad irresistible, y después de retirar el plato, lo llevó a su propia habitación. Cerró la puerta con todo cuidado, levantó la tapadera y vio que en la bandeja yacía una serpiente blanca. No pudo resistir el antojo de probarla, cortó un pedacito y se lo llevó a la boca.

Apenas lo hubo tocado con la lengua, cuando oyó un extraño susurro de suaves voces que venían de afuera de la ventana. Él fue y escuchó con detenimiento, y observó que eran gorriones que hablaban entre sí, contándose mil cosas que vieran en los campos y bosques. Al comer aquel pedacito de serpiente había recibido el don de entender el lenguaje de los animales.

Sucedió que aquel mismo día se extravió la sortija más valiosa de la Reina, y la sospecha del robo recayó sobre el fiel criado que tenía acceso a todo lugar del palacio. El Rey le mandó comparecer a su presencia, y con duras palabras le amenazó,  diciéndole que si para el día siguiente no lograba descubrir al ladrón, la culpa recaería en él y sería severamente castigado. En vano argumentó su inocencia; y fue retirado sin lograr una mejor respuesta.

Con su problema y angustia, bajó al patio, pensando en la manera de salir del apuro. En eso algunos patos descansaban  tranquilamente en el arroyo, y mientras se alisaban las plumas con el pico, sostenían  una animada conversación. El criado se detuvo a escucharlos. 

Conversaban sobre dónde habían pasado la mañana y lo que habían encontrado para comer. Uno de ellos dijo algo disgustado:

-«Siento muy pesado el estómago. Por estar comiendo de prisa, me tragué una sortija que estaba al pie de la ventana de la Reina.»-

Inmediatamente, el criado lo agarró por el cuello, lo llevó a la cocina y dijo al cocinero:

– Éste es un buen pato, que ya está en buena condición para la cena.»-

– «Cierto»- dijo el cocinero sopesándolo con la mano, -«él no ha tenido reparo en engordar por sí mismo, y hace días que estaba esperando ir al asador.»-

El cocinero lo empezó a preparar, y cuando lo estaba adobando, apareció en su estómago el anillo de la reina.

Ahora el fiel criado pudo probar su inocencia, y el rey, queriendo rectificar su error, le ofreció el mejor puesto que quisiera dentro de la corte. 

El criado declinó este honor y solamente pidió un caballo y algún dinero para viajar, pues deseaba ver el mundo y pasarse un tiempo recorriéndole. 

Otorgada su petición, se puso en camino y un día llegó a un estanque, donde observó tres peces que habían quedado aprisionados entre cañas y luchaban por volver al agua. Ahora, aunque se diga que los peces son mudos, el hombre entendió los miserables lamentos de aquellos animales, por verse condenados a una muerte tan miserable,  y como él era de corazón compasivo, se apeó de su caballo y devolvió los tres peces al agua. Ellos saltaban de alegría, y asomando las cabezas, le dijeron:

-» Nos acordaremos de tí, y ya te pagaremos por salvarnos.»-

Siguió cabalgando, y al cabo de un rato le pareció oír  una voz en la arena a sus pies. Escuchó con atención, y oyó a la reina de un hormiguero que se quejaba:

– «¿Por qué esos hombres, con sus torpes bestias, no nos dejan de maltratar tanto? Ese caballo estúpido, con sus pesados cascos, está aplastando sin compasión a mi gente.»-

Entonces él se hizo a un lado del camino, y la reina de las hormigas le gritó:

-» ¡Nos acordaremos de ti, una buena acción, depara otra!»-

El camino lo condujo a un bosque, y allí vio una pareja de cuervos a la orilla de su nido, que arrojaban de él a sus hijos:

– ¡Fuera de aquí, vagabundos, buenos para nada!»- les gritaban. -«No podemos seguir alimentándolos. Ya están bastante grandecitos para proveerse por sí mismos.»-

Pero los pobres polluelos quedaban en el suelo, agitando sus alitas y lloriqueando:

– «¡Oh, que desdichados somos,  que debemos de buscarnos la comida y todavía no sabemos volar! ¿Qué más podremos hacer, sino morirnos de hambre?»-

Se bajó el joven, mató al caballo con su espada  y dejó su cuerpo para alimento de los pequeños cuervos, los cuales se acercaron a saltos sobre la presa y, una vez satisfechos, dijeron:

– ¡Nos acordaremos de tí y te lo pagaremos!

El criado tubo que seguir su viaje a pie, y después de caminar un largo trecho, llegó a una gran ciudad. Había gran ruido y multitud de gente en las calles, y un hombre venía montado a caballo, gritando en voz alta:

-«La hija del rey desea un esposo, pero quien pretenda su mano debe cumplir una dura tarea, y si no lo logra será severamente castigado.»-

Muchos ya habían hecho el intento, pero en vano. Sin embargo, cuando el joven vio a la princesa, fue cautivado por su belleza, y olvidando cualquier peligro, fue donde el rey y se declaró como pretendiente.

Entonces lo condujeron mar adentro, y en su presencia arrojaron al fondo un anillo. El Rey le ordenó que trajese el anillo del fondo del mar, y añadió:

-«Si vuelves sin ella, serás precipitado al mar y abandonado a tu suerte.»-

Todos los presentes se compadecieron del apuesto mozo, y se retiraron dejando al joven solo en la playa. Él se quedó allí, considerando lo que debía de hacer, cuando de pronto vio tres peces que se le acercaban, y que no eran sino aquellos tres que él había salvado. El que venía en medio llevaba en la boca una concha, que depositó en la playa, a los pies del joven. Él la recogió y la abrió, y en su interior estaba  el anillo de oro.

Lleno de alegría lo llevó al rey, esperando  que le concediese la prometida recompensa. 

Pero la orgullosa princesa, al saber que su pretendiente no era más que un simple criado, lo rechazó, exigiéndole la realización de una nueva tarea. Salió al jardín, y con sus propias manos esparció entre la hierba diez sacos llenos de semilla de mijo y dijo:

– «Mañana, antes de que salga el sol, debes haberlo recogido todo, sin que falte un solo  grano.»-

El joven se sentó en el jardín pensando  sobre como podría cumplir aquella tarea. Pero no se le ocurría nada, y se sentó muy triste pensando que a la mañana siguiente le sería impuesto un terrible castigo. Pero cuando los primeros rayos del sol iluminaron el jardín, encontró los diez sacos  completamente llenos, uno al lado del otro, sin que faltase un solo grano. Por la noche había acudido la reina de las hormigas con sus miles y miles de súbditos, y los agradecidos animalitos habían recogido el mijo muy diligentemente, y lo habían depositado en los sacos.

Bajó la princesa en persona al jardín y pudo ver muy asombrada que el joven había hecho la tarea encomendada. Pero su corazón orgulloso no estaba saciado aún, y dijo:

-«Aunque él haya realizado las dos tareas,  no será mi esposo hasta que me traiga una manzana del Árbol de la Vida.»-

El pretendiente ignoraba dónde crecía aquel árbol, pero se puso en camino, dispuesto a no detenerse mientras lo sostuvieran sus  piernas, aunque no abrigaba esperanza alguna de encontrarlo. Después de haber  recorrido ya tres reinos, un atardecer llegó a un bosque y se tendió a dormir debajo de un árbol. Pero él oyó un rumor entre las ramas, y al instante una manzana dorada cayó en sus manos. En ese mismo momento bajaron volando tres cuervos, que se posaron sobre sus rodillas, y le dijeron:

-«Somos aquellos cuervos pequeñitos que salvaste de morir de hambre. Ahora, ya crecidos, supimos que andabas en busca de la manzana del Árbol de la Vida, entonces cruzamos  volando el mar y llegamos hasta el confín del mundo, donde crece el Árbol de la Vida, y te hemos traído la manzana»-

El joven, con todo júbilo, reemprendió el camino de regreso, y llevó la manzana dorada a la bella princesa, la cual no puso ya más excusas. Ellos partieron la manzana de la vida en dos mitades y se la comieron juntos. De inmediato en el corazón de la princesa brotó un sincero y gran amor por el joven, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas.

Imagen cortesía de: loralora.com

Taller: Acompañando el curso del año

Trabajo sobre el ritmo del año aplicado al calendario escolar

29, 30, 31 julio y 1, 2 de agosto 2019

De 8:00h. a 13:00h. Casa Waldorf  

Este taller está dirigido a madres de día y maestras de Infantil Waldorf.  Tiene como objetivo proporcionar una visión de totalidad sobre el acontecer del curso escolar, planificar el trabajo y de eso modo estar más y mejor preparada/o para enfrentar el año de trabajo con los niños, niñas y las familias.

Temas generales:

-Definición de épocas

-Abordar las festividades desde un punto de vista teórico, práctico, contenido específico (versos, canciones, manualidades, etc) y de cara  a las familias.

-Definir el ritmo del día en consonancia con mi grupo, mi localidad, mis circunstancias.

-Cómo elegir un cuento

-Cómo acompañar el cuento en el acontecer cotidiano

-Manualidades para cada época del año, para mí, para mis niños. Como definirla, como hacer

-El rito/ritmo de hacer el pan a través del año (teoría – práctica)

-El ritmo/rito del dibujo y la pintura

-La ronda: ¿Qué debería/podría contener? Como definir su estructura

-La mesa de estación a través  del curso del año, como nutrirla

-Teatrillo de mesa, de regazo, teatralización

-Reuniones de padres, ¿Qué deberían/podrían contener? Como estructurarlas, notas, tiempos.

-Entrevistas nuevas familias, familias de la clase/casa, visitas a las casas.

-Herramientas para el trabajo personal 

-Aula abierta – Aula cerrada

El taller incluye el material de versos y canciones así como recetas de manualidades y de cocina.

Aportación: 145 euros

Plazas limitadas

Ofreceremos talleres artísticos y artesanos y/o de profundización en temas específicos cada uno de los días de la semana por las tardes, para los maestros  y maestras asistentes que pudieran tener interés y/o necesidad. (música, dibujo, pintura, tejido, lana cardada, montaje de mesas de estación, manejo de conflictos, límites, juego)

Para consultas e inscripciones: casawaldorf@gmail.com

Teléfono: 635799179

Plazas limitadas

Taller: Acompañando el curso del año

Taller: Acompañando el curso del año

Trabajo sobre el ritmo del año aplicado al calendario escolar

30, 31 julio y 1,2,3 de agosto 2018

De 8:00h. a 13:00h. Casa Waldorf  

Este taller está dirigido a madres de día y maestras de Infantil Waldorf.  Tiene como objetivo proporcionar una visión de totalidad sobre el acontecer del curso escolar, planificar el trabajo y de eso modo estar más y mejor preparada/o para enfrentar el año de trabajo con los niños, niñas y las familias

Temas generales:

-Definición de épocas

-Abordar las festividades desde un punto de vista teórico, práctico, contenido específico (versos, canciones, manualidades, etc) y de cara  a las familias.

-Definir el ritmo del día en consonancia con mi grupo, mi localidad, mis circunstancias.

-Cómo elegir un cuento

-Cómo acompañar el cuento en el acontecer cotidiano

-Manualidades para cada época del año, para mí, para mis niños. Como definirla, como hacer

-El rito/ritmo de hacer el pan a través del año (teoría – práctica)

-El ritmo/rito del dibujo y la pintura

-La ronda: ¿Qué debería/podría contener? Como definir su estructura

-La mesa de estación a través  del curso del año, como nutrirla

-Teatrillo de mesa, de regazo, teatralización

-Reuniones de padres, ¿Qué deberían/podrían contener? Como estructurarlas, notas, tiempos.

-Entrevistas nuevas familias, familias de la clase/casa, visitas a las casas.

-Herramientas para el trabajo personal

-Aula abierta – Aula cerrada

El taller incluye el material de versos y canciones así como recetas de manualidades y de cocina.

Aportación: 120 euros

Plazas limitadas

Ofreceremos talleres artísticos y artesanos específicos cada uno de los días de la semana por las tardes, para los maestros  y maestras asistentes que pudieran tener interés y/o necesidad. (música, dibujo, pintura, tejido, lana cardada)

Para consultas e inscripciones: casawaldorf@gmail.com

Teléfono: 635799179

Plazas limitadas

 

Los trece hijos

Os traemos una historia para este tiempo, escrita por Sandra Chandía. Al final del cuento, podréis escuchar los aúdios, también cantados al arpa y compuestos por ella.

Un campesino tenía trece hijos. Un día dijo a los doce mayores: ha llegado el momento de que os hagáis cargo de vuestra tierra.
Cogieron sus pertenencias y herramientas de trabajo y emprendieron la marcha sin recibir consejo alguno y sin mirar atrás. Cada uno llevaba un buen puñado de semillas escogido al azar de las reservas de su padre.


Canción:
“Caminantes ciegos, que no oyen consejos
Tus pasos no te han de llevar lejos”

 


En el camino les hablaros nos campesinos del pueblo, pero ellos no atendieron. Los animales y pájaros les quisieron acompañar, pero ellos siguieron su rumbo, sin atender y sin mirar.
Al llegar a sus tierras esparcieron sus semillas y se durmieron.

Canción:
“Duermen todos los hermanos
Las semillas han echado
Sin mirar, sin atender, sin saber.”

 

Las semillas no han crecido y los hermanos no saben que hacer. A la casa de su padre llegan noticias de lejos, los doce hijos están perdidos, no han oído consejos.
El pequeño, el treceavo, pide a su padre el favor, que le permita ir en ayuda de sus hermanos por amor.
El pequeño emprende el viaje, en su caballo veloz. Va cargado de la buena semilla y los saberes de su padre labrador.

Canción: “Buen oído ojo atento y la buena decisión, ayudar a los hermanos con su noble corazón“

 

Al llegar al campo no hay nadie trabajando, los hermanos están dormidos, a nadie han oído.
Con el primer golpe de azada, un centenar de palomas blancas se acercan volando.
Con el estrepito y el aire los hermanos se levantan.
En el pico las palomas llevan semillas nuevas. Apropiadas y preparadas para la nueva tierra.
Y se ponen los hermanos, muy contentos, al trabajo, agradeciendo al pequeño que tan buena nueva trajo.
Canción: “ Paloma del palomar que el amor vas a buscar”

 

Sandra Chandía R. – Maestra Waldorf

El lobo y la siete cabritillas

el lobo y las siete cabritillas

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas. «Hijas mías,» les dijo, «me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.» Las cabritas respondieron: «Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila.» Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su camino.

No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo: «Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.» Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo. «No te abriremos,» exclamaron, «no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.» Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta: «Abrid hijitas,» dijo, «vuestra madre os trae algo a cada una.» Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron: «No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!» Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo: «Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de pasta.» Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del molinero: «Échame harina blanca en el pie,» díjole. El molinero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó: «Si no lo haces, te devoro.» El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: «Abrid, pequeñas; es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.» Las cabritas replicaron: «Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.» La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse una debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la caja del reloj.Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la vez a la última, la cual, con vocecita queda, dijo: «Madre querida, estoy en la caja del reloj.» Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se movía y agitaba en su abultada barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo: «Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia, aprovechando que duerme.» Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

«¿Qué será este ruido
que suena en mi barriga?
Creí que eran seis cabritas,
mas ahora me parecen chinitas.»

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron corriendo y gritando jubilosas: «¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!» Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo.

Soy el gatito tripi-trapo

Soy el gatito tripi-trapo

soy el gatito clipi-clapo

yo ando rápido, yo ando lento

y paseando por la hierba verde meriendo.

 

Soy el leñador con el hacha,

llevo con la leña buena racha.

y dime : ¿Quien eres tú?

soy el gatito tripitrú

¿Eres un caminante?

¿Has comido bastante?

Sólo un puchero de papilla

y medio huevo de abubilla.

pero tengo más hambre que un toro

y por eso te devoro.

Repetir Refrán: Soy el gatito…

Soy el enano que salta

por la montaña alta, alta.

y dime: ¿Quien eres tú?

¿Eres un caminante?

¿Has comido bastante?

Sólo un puchero de papilla

y medio huevo de abubilla.

y al leñador con el hacha

pero tengo más hambre que un toro

y por eso te devoro.

Repetir Refrán: Soy el gatito…

Soy el gran caracol

saco los cuernos al sol.

y dime: ¿Quien eres tú?

¿Eres un caminante?

¿Has comido bastante?

Sólo un puchero de papilla

y medio huevo de abubilla.

y al leñador con el hacha

y al enano que salta.

pero tengo más hambre que un toro

y por eso te devoro.

Repetir Refrán: Soy el gatito…

Soy un chivo gigante

con la barba punzante,

y dime: ¿Quien eres tú?

¿Eres un caminante?

¿Has comido bastante?

Sólo un puchero de papilla

y medio huevo de abubilla.

y al leñador con el hacha

y al enano que salta

y al gran caracol.

pero tengo más hambre que un toro

y por eso te devoro.

! oh!, gran glotón

por tu insatisfacción

con mis cuernos te golpeo

y a los otro los libero.

Cantan todos:

El gato ha estallado.

El gato ha estallado

La Casita

En la mitad del campo había una casita de paja, rodeada de flores.


Pasaba por allí, muy de prisa, una ratita pardita.

Buscaba dónde vivir y preguntó:

Casa, casita, ¿quién adentro habita?

Como nadie contestó, la ratita comenzó a vivir en ella muy feliz.

La rana Cuacuana iba saltando por el campo. De pronto vio una casita muy hermosa.

Casa casita, ¿quién adentro habita?
Soy la ratita Pardita, y ¿quién eres tú?
Soy la rana Cucuana.
Pues vente a vivir conmigo.

Y Cuacuana y Pardita comenzaron a vivir en la casita.

Y aquí va Brincalejos, el conejo más veloz. Pasa, ve la casa y pregunta:

Casa casita, ¿quién adentro habita?
Yo, la ratica Pardita.
Yo, la rana Cuacuana.
¿Quién eres tú?
El conejo Brincalejos.
Pues ven a vivir con nosotras.

El conejo da un magnífico salto y así empiezan los tres a vivir juntos.

Pasa por allí la zorrita Rabirrojita. Da unos golpecitos en la ventana y pregunta:

Casa casita, ¿quién adentro habita?
Yo, la ratica Pardita.
Yo, el conejo Brincalejos.
Yo, la rana Cuacuana.
¿Quién eres tú?
Yo soy la zorrita Rabirrojita
Pues ven a vivir con nosotros.

Se mete así la zorra en la casa y los cuatro empiezan a vivir juntos.

De pronto pasa por allí un oso Zarposo. Ve la casita y con un gruñido amistoso pregunta:

Casa casita, ¿quién adentro habita?
Yo, la ratica Pardita.
Yo, la rana Cuacuana.
Yo, el conejo Brincalejos.
Yo soy la zorrita Rabirrojita
¿Quién eres tú?
Yo soy el oso Zarposo
Pues ven a vivir con nosotros.

El oso intenta entrar. Lo intenta, lo intenta por la puerta, intenta por la ventana,pero no puede pasar.

Entonces dice:

Mejor será que viva en vuestro tejado. ¿y hundirnos la casita? —responden todos a coro.

Pero cómo la voy a hundir.
Está bien, está bien, sube.

Y sube el oso al tejado, y en el mismísimo instante en que se sienta —¡cataplás! —hunde la casa. La casita crujió, se ladeó y se derrumbó del todo. Disparados salen la ratita Pardita, la rana Cuacuana, el conejo Brincalejos y la zorra Rabirrojita. Desolados, no tienen dónde vivir.

Así, empiezan a traer troncos del bosque, sierran tablas, cortan, clavan y construyen una nueva casa, que alberga a todos y es mucho mejor que la anterior.

Los buenos amigos

Mirad los cerros y los campos blancos, ¡blancos de tanta nieve!

Hoy el conejito no tiene nada para comer. Abre la puerta y… ¡brrr, qué frío hace!

El conejito decide ir a buscar algo para comer y ¡no diríais nunca qué ha encontrado! Pues dos grandes zanahorias que dormían bajo la nieve.

Las sacude, las olisquea y se come una. Ya no tiene más apetito y se dice: ”Ha nevado tanto y hace tanto frío que seguro que mi vecino el caballito debe de estar muerto de hambre. ¡Le llevaré esta otra zanahoria a su casa!»

El conejito corre que te corre a la casa de su vecino el caballito.

¡Toc, toc! Abre la puerta y…. ¡Oh! ¡El caballito no está!

Deja la zanahoria y se va.

El caballito está buscando algo para comer. Con su pezuña hurga en la nieve y….
¡No diríais nunca qué ha encontrado!: un nabo rechoncho, blanco y morado que se escondía bajo la nieve, lo olisquea y se lo come. Harto y satisfecho, regresa a su casa.

Al entrar, ve la zanahoria y dice:
-¿Quién la habrá traído? Seguro que ha sido mi vecino, el conejito gris: sus huellas quedaron impresas en la nieve. Qué buen corazón el suyo.

Y aún añadió:
-“Ha nevado tanto y hace tanto frío que la ovejita debe de estar muerta de hambre. Le llevaré esta zanahoria y regresaré.

La ovejita de rizos negros ha salido a buscar algo para comer y… ¡no diríais nunca qué ha encontrado! Una col que se escondía bajo la nieve. La ovejita se come la col y no deja ni una sola hoja. Harta y satisfecha, regresa a su casa.

La ovejita entra en su casa y, al ver la zanahoria, dice:
– “¡Una zanahoria! ¿Quién la habrá  dejado? Seguro que fue el caballito: se pueden ver sus huellas en la nieve. Y aún añadió:
-Ha nevado tanto y hace tanto frío que mi vecino, el cervatillo, estará muerto de hambre. Le llevaré esta zanahoria y regresaré”.

La ovejita de rizos negros corre que te corre por la nieve que cruje y resbala, por los prados helados y por el bosque hasta la casa del cervatillo. ¡Toc, toc! Abre la puerta y…

¡Oh! ¡El cervatillo no está! Deja la zanahoria y se va.

El cervatillo ha ido a buscar algo para comer y, ¡no diríais nunca qué ha encontrado! Una mata de hierba helada y briznas de pino verde. Come hasta hartarse y luego regresa a su casa. Ve la zanahoria y dice:
– “¿Quién la habrá traído? Creo que ha sido la ovejita de rizos negros. Perdió uno de sus rizos al salir de aquí”. Y aún el cervatillo, añadió:
– “Ha nevado tanto y hace tanto frío…. seguro que el conejito gris debe de estar muerto de hambre”. Le llevó la zanahoria y regresó.

El cervatillo rojo salta verjas y matas de acebo, y corre por peñascales y bosques sin hojas hasta llegar, al fin, a la puerta del conejito.

El cervatillo encuentra la puerta entornada y al asomar la cabeza al interior de la casa ve al conejito gris en su cama, durmiendo.

Con gran sigilo, deja la zanahoria a los pies de la cama. Pero entonces, el conejito se despierta y el cervatillo rojo le dice:
– “Ha nevado tanto y hace tanto frío que, a lo mejor, no tienes nada para comer. ¡Te traigo una zanahoria!”

Y así pasó que del caballito a la ovejita y de la ovejita al cervatillo, la zanahoria regresó al conejito.

¡Oh, los buenos amigos!

*Ilustración Gemma Sales

                                                              

El enano saltarín (Rumpelstilzchen)

Érase una vez un pobre molinero que tenía una hermosa hija. Tuvo un día ocasión de hablar con el Rey y, para darse importancia, le dijo:
– Tengo una hija que sabe hilar la paja, convirtiéndola en oro.
– He aquí una habilidad que me satisface -dijo el Rey-. Si tu hija es tan lista como dices, tráela mañana a palacio para ver cómo se luce.
Cuando le presentaron a la muchacha, condújola él a una habitación llena de paja, y, dándole una rueca y una tortera, le dijo:
– Ponte enseguida al trabajo. Mañana por la mañana toda esta paja tiene que estar hilada y convertida en oro. Si no lo has hecho, morirás.
Y él mismo cerró la puerta con llave, dejando a la muchacha sola.
La desdichada hija del molinero quedó allí encerrada, sin saber qué hacer para salvar su vida. Jamás se le había ocurrido que pudiera transformarse la paja en oro; su angustia aumentaba por momentos y, al fin, rompió a llorar. De pronto se abrió la puerta y entró un enanillo que le dijo:
– Buenas noches, molinerita. ¿Por qué lloras así?
-¡Ay! -respondió la muchacha-. Tengo que convertir esta paja en oro, y no sé hacerlo.
– ¿Qué me das si la hilo yo por ti? -preguntó el hombrecillo.
– Mi collar -dijo la doncella.
Tomó el enano el collar y, sentándose a la rueca, en tres pasadas llenó la canilla. Puso luego otra, otras tres pasadas, y quedó llena la segunda; y así, sin parar hasta la mañana, en que toda la paja quedó hilada y todas las canillas llenas de oro.
Al amanecer presentóse el Rey, y al ver toda aquella riqueza sintió una gran alegría. Pero su codicia le pedía más aún. Mandó conducir a la hija del molinero a otra habitación mucho mayor que la primera y también llena de paja, y la conminó a hilarla toda durante la noche si estimaba en algo su vida. La muchacha, viéndose otra vez perdida, prorrumpió de nuevo a llorar. Presentóse el enanillo y le preguntó:
– ¿Qué me das si te convierto la paja en oro?
– La sortija que llevo en el dedo -respondió la doncella.
El enano aceptó la sortija, volvió a ponerse a la rueca y, al llegar la madrugada, toda la paja estaba transformada en reluciente oro. Alegróse mucho el Rey al verlo; pero, dominado por la avaricia, llevó a la muchacha a otra habitación, mucho mayor todavía, y también llena de paja:
– Esta noche vas a hilarme todo esto, y si lo consigues me casaré contigo. Pensaba el Rey: «Aunque sea la hija de un molinero, en todo el mundo no encontraré una mujer con mejor dote».
Al quedar sola la muchacha, presentóse el enanito por tercera vez y le dijo:
– ¿Qué me das si también esta noche te hilo la paja?
– Ya no me queda nada que pueda darte -respondió la muchacha.
– Entonces prométeme que, una vez seas reina, me darás tu primer hijo.
«¡Quién sabe cómo han de ir las cosas!», pensó la molinerita, y, ante el apuro en que se hallaba, prometió lo que se le pedía, a cambio de lo cual el hombrecillo le transformó la paja en oro por tercera vez. Y cuando, por la mañana, entró el Rey y lo encontró todo conforme a sus deseos, casóse con la hermosa hija del molinero, la cual pasó a ser la reina del país.
Al cabo de un año dio a luz un hermoso niño. La Reina se había olvidado ya del enano. Pero éste se presentó de improviso en su alcoba y le dijo:
– Dame ahora lo que me prometiste.
La Reina se horrorizó y ofreció al enanito todas las riquezas del reino en compensación del niño; pero el hombrecillo replicó:
– No, un ser viviente vale para mí más que todos los tesoros del mundo.
La madre se deshizo en tantas lágrimas y lamentaciones, que, al fin, el hombrecillo se compadeció de ella.
– Te dejaré tres días de plazo -dijo-. Si para entonces has averiguado mi nombre, te dejaré a tu hijo.
La Reina se pasó la noche entera tratando de recordar todos los nombres que había oído en su vida, y envió a un mensajero con orden de informarse por doquier de todos los existentes. Al comparecer el hombrecillo al día siguiente, empezó ella a recitar todos los nombres que sabía, desde Melchor, Gaspar y Baltasar; pero a cada uno respondía el enano:
– No me llamo así.
Durante el segundo día mandó investigar los nombres de todos los habitantes de la vecindad, y luego enumeró al enanito los más peregrinos y raros:
– ¿No te llamarás, acaso, Costilludo, o Pata de carnero, o Pantorrillera?
Pero el hombrecillo respondía invariablemente:
– No me llamo así.
Al tercer día dijo el emisario a su regreso:
– Me ha sido imposible dar con un solo nombre nuevo; pero cuando llegué a la orilla de un bosque en una alta montaña, allí donde la zorra y la liebre se dan las buenas noches, vi una casita, y delante de ella ardía un fuego, y en torno al fuego estaba saltando un ridículo enanillo sobre una piedra, y cantaba:
«Hoy hago pan, mañana cerveza,
y pasado me traigo al hijo del amo.
¡Qué bien! ¡Nadie tiene en la cabeza
que Rumpelstilzchen soy y que así me llamo!».
Podéis imaginar lo contenta que se puso la Reina al escuchar aquel nombre. Y tan pronto como compareció al enano y le preguntó:
– Bien, Señora Reina, ¿cómo me llamo? -empezó ella diciendo:
– ¿Te llamas por casualidad Conrado?
– ¡No!
– ¿0 Enrique?
– ¡No!
– ¿No será, acaso, Rumpelstilzchen?
– ¡Es el diablo quien te lo ha dicho! ¡Es el diablo quien te lo ha dicho! -exclamó el enanillo, y, encolerizado, dio con el pie derecho una patada tan fuerte en el suelo, que se hundió en él hasta la cintura. Luego cogió el pie izquierdo con ambas manos y tiró de él hasta que se rajó en dos de arriba abajo.

La Historia del pan de la cosecha

Érase una vez una bella tierra. Era difícil decir si las colinas eran más hermosas que los valles, o si los campos eran más bellos que los bosques, y la gente que vivía allí era feliz y estaba atareada y sus caras brillaban mientras trabajaban de manera que todo el campo resplandecía con una clara luz.

Pero llegó el tiempo en que la oscuridad cubrió esta tierra a través de sus valles se revolvía un poderoso dragón, espumeando y zarandeando su cola. No pasó mucho tiempo hasta que hubo destrozado todo y volvió a su cueva dejando el país árido y congelado.

Todas las gentes que vivía allí también estaban congeladas, y eran incapaces de trabajar o hacer cualquier cosa. Entonces Micael miró abajo desde el cielo a la triste y congelada tierra, y su corazón estaba lleno de compasión para con su gente. Extendió su mano derecha, cogió un puñado de estrellas del firmamento y las arrojó a la tierra.

Con su mano izquierda cogió el Sol y lo envió también en un viaje a la tierra.

Cuando las estrellas llegaron a la tierra se convirtieron en trozos de hierro negro y se hundieron profundamente en la tierra. Cuando el Sol llegó a la tierra el hielo se derritió y la gente sintió de nuevo el calor de la sangre en sus manos y pies. Entonces la gente volvió a trabajar.

Los granjeros sacaron sus arados y araron la estéril tierra, y sembraron sus semillas. (Rociar con semillas) El hierro de la tierra le dio fuerza al cultivo mientras crecía, y pronto el grano maduró en altos y rectos tallos. Cuando llegó el otoño, Micael se acercó a la tierra y les habló a los granjeros. “Cosechad el buen grano,” y “convertidlo en harina. Haced una masa y amasadla bien.”

“Cocedla en el horno hasta que esté hecha. Poned el pan en el medio de vuestra mesa y compartidlo con vuestra familia y amigos. Por esto será el pan de la cosecha: cada rebanada que se corte en fraternidad calentará vuestros corazones, y cada rebanada que comáis os dará fuerza para vencer al dragón.” Eso fue lo que hicieron los granjeros, y cuando el pan de la cosecha estuvo en la mesa, se sentaron con sus familias y cantaron esta canción:

“tierra esto tus frutos nos dio

Sol esto tu luz maduró

Sol y tierra bien amados

Nunca seréis olvidados”

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