SHINGEBISS, el patito marrón


Cuento indio de Chippea

En su cobijo en las orillas del lago Hurón, vivía un patito marrón, Shingebiss. Cuando el feroz viento del norte bajaba veloz del país reluciente de nieve, Shingebiss, el patito marrón, tenía preparados cuatro buenos leños para el fuego de su chimenea. Shingebiss era valiente y animoso. No le importaba de qué manera bramaba el viento del norte, él siempre andaba como andan los patos a través del hielo, y encontraba el alimento necesario. Rompiendo la superficie del hielo que se formaba en su pequeño estanque, buceaba a través de los agujeros que quedaban abiertos y se procuraba su pescado para cenar. Luego volvía a su cobijo, arrastrando una ristra de peces detrás de sí. Sentado al lado de su resplandeciente fuego, se preparaba su pescado para cenar y se instalaba cómodo y calentito.

Finalmente Viento del Norte gritó: “¡Hu, hu! ¿Quién se atreve a desafiar al Gran Jefe Viento del Norte?”. Todas las criaturas le temían, excepto Shingebiss, el patito marrón, que trataba a Viento del Norte como si fuera un vientecito de nada.

Así que el Viento del Norte mandó ráfagas frías, heladoras, formando altos montones de nieve, hasta que ningún pájaro o animal se atrevía a ir en socorro de Shingebiss. Sin embargo,

Shingebiss salía igual todos los días, sin dejarse molestar por el tiempo. Cada día encontraba pescado, cada noche preparaba su cena y se calentaba al lado del fuego.

“¡Ah!”, se encolerizó el Gran Jefe Viento del Norte, “el pequeño pato marrón. Shingebiss, no hace caso ni de la nieve ni del hielo. Viento del Norte le congelará sus agujeros, así ya no encontrará su alimento, y entonces Gran Jefe le conquistará”. Así que Viento del Norte congeló las aperturas donde el patito marrón pescaba y cubrió su estanque con nieve.

Pero cuando Shingebiss encontró sus agujeros cerrados impidiéndole llegar al agua, ni siquiera refunfuñó. Simplemente seguía su camino animadamente hasta encontrar un estanque donde no hubiera nieve. Entonces apartaba el hielo y abría nuevos agujeros para zambullirse y pescar.

“¡Pato marrón, ya verás quién es el jefe!”, aulló Viento del Norte lleno de ira. Y durante días y días siguió al patito marrón. Helaba sus agujeros en el hielo y cubría los estanques con nieve.

Pero Shingebiss seguía adelante sin miedo, como había hecho siempre. Todas las veces conseguía atrapar un par de peces antes de que estuviera helado cada agujero. Y, como siempre, volvía animado a su casa, arrastrando los peces detrás de sí.www.marisa-fernandez.es

“¡Hu, hu!”, bramó enfurecido Viento del Norte, “gran Jefe irá al cobijo del pequeño pato

marrón, Shingebiss, Gran jefe soplará en su puerta, se sentará a su lado y le soplará con aliente helado hasta que se congele”.

En ese mismo instante, Shingebiss había terminado su cena y estaba cómodamente sentado al lado de su ardiente fuego, calentando sus patitas.

Cuidadosamente, conteniendo la respiración para que Shingebiss no le oyera, lenta y muy lentamente, Viento del Norte se deslizó hacia el cobijo de Shingebiss. Pero Shingebiss sintió el frío que le llegaba a través de las rendijas de la puerta. “Ya sé quién está aquí”, pensó, y empezó a cantar con vigor:

Ka‐neej, Ka‐neej,

Bee‐in, Bee‐in,

Bon‐in, Bon‐in,

Ok‐ee, Ok‐ee, Ka‐

Veya, Ka‐weya.

Y Viento del Norte oyó lo que cantaba:

Viento del Norte, viento feroz.

por mucho que soples eres como yo.

Sopla lo que puedas inténtame helar,

yo no tengo miedo, tengo libertad.

Viento del Norte no podía contenerse de rabia, pero bajó su voz hasta susurrar y dijo: “¡Jefe grande te congelará!” Y así Viento del Norte se deslizó por debajo de la puerta hasta llegar donde estaba Shingebiss y se sentó al lado del fuego.

Shingebiss supo que estaba allí, pero no se inmutó ni lo más mínimo. Siguió cantando:

Ka‐neej, Ka‐neej,

Bee‐in, Bee‐in,

Bon‐in, Bon‐in,

Ok‐ee, Ok‐ee,

Ka‐weya, Ka‐weya.

“El gran Viento del Norte no se irá hasta que estés congelado”, murmuró Viento del Norte y sopló su aliento más helador.

Pero en ese mismo momento Shingebiss se inclinó y agitó su fuego. Se levantó una lluvia de chispas que iluminó su refugio de rojo dorado.

Y de repente el pelo encharcado de Viento del Norte empezó a gotear, lágrimas corrían por sus mejillas, su respiración poderosa se fue debilitando. Pero Shingebiss seguía calentando sus patitas con las llamas y cantaba:

Viento del Norte,

viento feroz,

por mucho que soples eres como yo.

Sopla lo que puedas inténtame helar,

yo no tengo miedo, tengo libertad.

Ka‐neej, Ka‐neej,

Bee‐in, Bee‐in,

Bon‐in, Bon‐in,

Ok‐ee, Ok‐ee,

Ka‐weya, Ka‐weya.

Súbitamente, Viento del Norte aulló: “¡Gran Jefe se está derritiendo!” y salió precipitadamente por la puerta, cayendo encima de un montón de nieve. “Extraño patito marrón, Shigenbiss”, susurró débilmente para sí mismo. “Gran Jefe Viento del Norte no le puede helar, no le puede asustar”.

“¡Hu, Viento del Norte le dejará tranquilo! ¡El Gran Espíritu está con él!

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