Niños y niñas que han jugado bien serán ciudadanos participativos y productivos


Entrevista a Francesco Tonucci

El psicopedagogo, pensador e ilustrador italiano, conocido también como Frato, nos recuerda la importancia de que familia, escuela y ciudad garanticen el derecho de los niños y niñas al juego.

En estos días en que todos se quejan de la inseguridad en las calles, usted pide devolverles la ciudad a los niños y niñas

Es que los niños han sido expulsados de la ciudad. Actualmente no hay condiciones adecuadas para su presencia. El espacio público se ha destinado a crear estacionamientos y favorecer el movimiento de los autos en la ciudad. Las pistas se han ampliado y las veredas estrechadas porque cada vez menos personas aprovechan de la movilidad peatonal y más optan por el auto. 

Uno de los derechos del niño es la posibilidad de aprovechar los espacios públicos como todos los ciudadanos. Con la Convención sobre los Derechos del Niño, ocurre una revolución jurídica y cultural. Se reconoce que los niños son ciudadanos desde que nacen.

A diferencia de los niños de mi generación, los de hoy no encuentran un espacio para ellos y tienen que quedarse en su casa frente a una pantalla. La otra opción es que acudan a espacios exclusivos en los que es imposible que puedan relacionarse con todos los actores sociales de su comunidad.

¿Cuánto impacta en la vida de un niño que encuentre limitaciones para jugar? 

Muchísimo. Niños y niñas que han jugado bien serán ciudadanos participativos, productivos y sanos.

Actualmente no hay dudas de que el juego es una experiencia y actividad que impacta incluso en la adultez.

Recordemos que en los primeros años se produce el desarrollo más importante de toda la vida. En esta etapa no hay escuela, maestros ni textos escolares. Lo que se aprende es a través del juego. Un niño o niña que no juega no se desarrolla adecuadamente.

Una ciudad en la que no ves a la infancia jugando es una ciudad donde no existe preocupación por el bienestar de sus ciudadanos, es una sociedad que no es democrática y en la que no existe preocupación por el futuro.

¿No bastan los parques infantiles, las ludotecas…?

El derecho al juego no se cumple creando espacios reservados para los niños. Estos espacios son una ficción, un juego entre adultos para justificar su labor de cuidar a los niños y para crear condiciones favorables para conquistar el voto de los ciudadanos.

La competitividad parece estar empujando a muchas escuelas y familias a limitar el tiempo dedicado al juego para cumplir con las tareas escolares 

Desde mi punto de vista las tareas escolares para el hogar son una equivocación pedagógica, porque normalmente la mayoría de los chicos que requieren reforzar lo aprendido no tienen una familia capaz de ayudarlos en las tareas de la tarde.  

En la Convención de los Derechos del Niño hay un artículo sobre el derecho al juego y otro sobre educación. Es decir que a ambos se les concede el mismo peso y el mismo respeto. No digo que la misma cantidad de horas que se dedican a la escuela se dediquen al juego, pero creo que niños y niñas sí deben tener todos los días tiempo para jugar. 

En ese sentido, los padres deberían comprender que sus hijos no necesitan tantos juguetes, lo que requieren es tiempo libre, amigos con quienes jugar y el espacio elegido disponible. No es un gran regalo inscribirlo en todos los cursos de la tarde y cubrir su agenda de actividades como si fuera un adulto.

La ciudad también tiene que dar un paso atrás renunciando a crear espacios exclusivos para niños y aceptando que invadan, utilicen y ocupen el espacio público. Las veredas, las plazas tienen que ser compartidas con la infancia.

A las escuelas les corresponde reconocer que el tiempo de la tarde no es suyo, sino de los alumnos y alumnas y que son ellos y sus familias los que deben decidir cómo quieren aprovecharlo. Sería mucho mejor que la escuela se preocupe porque los niños aprovechen la tarde para vivir experiencias propias, ricas, de aventura y descubrimiento; de manera que al día siguiente tengan algo para contar. Que los niños lleven a la escuela la experiencia de su vida sí es una experiencia útil. 

¿Qué debe lograr la escuela para cumplir su tarea?

Debería ser el lugar donde cada alumno pueda descubrir y desarrollar hasta el máximo su talento, sus capacidades. Ayudarlos a encontrar su vocación y desarrollarla al máximo posible. Es la única garantía para que al llegar a la adultez puedan ser competentes, felices y encontrar trabajo.

Entrevista publicada originalmente en Unicef

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