La mariposa

Cansadas sus alas, una mariposa revoloteaba sobre la pradera. Caía una ligera llovizna que empapó sus bellas alas, poniéndolas tan pesadas que la mariposa cayó sobre la hierba. Casi todo el polvo brillante que cubría sus alas había desaparecido. En vano trató de volar. Se arrastró penosamente hacia una planta y puso un par de pequeños huevos bajo sus hojas. Viendo que sus alas ya no podían levantarla, las dobló y permaneció quieta, soñando con flores y rayos de sol mientras la lluvia caía más y más tupida. Cundo sopló la fría brisa de la noche sobre la pradera, la mariposa se durmió para siempre. Los pequeños huevos quedaban al cuidado de la Madre Tierra. Durante el día, el sol los cubría con su calor; en la noche, la tierra los envolvía con su tibio aliento. La hoja los protegía de la lluvia, de manera que siempre estaban bien cuidados. El torrente de vida latente en la vieja mariposa se había agotado, pero había dejado una chispa en cada huevecillo. Pasaron los días, se percibió un suave movimiento debajo de la delicada envoltura. Un rayito de sol que jugueteaba envolviendo la planta exclamó: “salgan, salgan”. El huevo se estiró, se agitó y, por fin, se rompió dejando salir una pequeña larva con el cuerpo cubierto de puntos amarillos, tan suaves y tiernos como un hilo de seda. La pequeña criatura se arrastró hacia la verde hoja, haciendo de aquel lugar su jardín; así como también su fuente de alimentación. La larva se dio cuenta de que el borde de la hoja era más sabroso, y poco a poco roía las esquinitas. Después de unos cuantos días, la mitad de la hoja había desaparecido. El rayito de sol gritó de nuevo:”sal hacia el verde mundo”. La pequeña larva se deslizó de planta en plana. No todas les gustaban y siempre permanecía más tiempo sobre las plantas que se parecían a aquella que fue su primer hogar. El tiempo pasó, la larva creció. Después de unas cuantas semanas, su lomo se cubrió de mechones de pelusa larga de color café, entre esos mechones brillaron pequeñas motas rojas. Terminó el verano. El viento de otoño sopló sobre la pradera y sobre los campos. El rayo de sol volvió a decir; “busca un lugar tranquilo, que te sirva de albergue”. Obediente la larva se deslizó entre las piedras, adentrándose en la tierra. Tenia miedo de la oscuridad y murmuró quedamente:”Madre Tierra, ayúdame a penetrar, el sol quiere que me aleje de los verdes campos”. La Madre Tierra respondió con ternura:”No llores, deja tras de ti el verde mundo, sigue el consejo  del sol, ven a mí. Despójate de tu ropaje, está viejo y arrugado; ahora duerme, mis duendes tejerán bellos sueños para ti”. La larva tiró su traje usado y descansó placidamente. Súbitamente sintió que su cuerpo se ponía tenso, duro, como si fuera de madera, no podía moverse. Sintió que se asfixiaba, quiso pedir ayuda a la Madre Tierra:”Ayúdame, ayúdame esto debe ser la muerte”, gemía. Pero antes de poder pronunciar una sola palabra, cayó en un profundo sueño. Su piel se endureció como la madera. Cuando llegó el invierno, los copos de nieve cubrieron las tierras y las estrellas brillaban intensamente en el cielo nocturno, ocurrió un milagro dentro del cuerpo de madera de la larva. Con suaves deditos, misteriosos duendecillos introdujeron un traje celestial en el quieto y silencioso cuerpo de madera. Lo habían tejido con luz de las estrellas y resplandor del arco iris. La tibia primavera fundió la nieve. Su calor llegó al fondo de la tierra. En la pradera, las flores se abrían a la luz cálida del sol, y cuando hubieron engalanado los prados con sus brillantes colores, allí en el interior de la tierra, se abrió la caja de madera y donde se durmió la larva despertó una mariposa. Buscando su caminito entre las piedras, la mariposa surgió al aire libre, hacia la luz. Oyó el eco de un canto que venía desde el mundo brillante: “ven con nosotras” decían en el lenguaje de las flores. Las flores se quejaron al sol: “ojala pudiéramos también volar hacia ti, trenzando figuras entre tus rayos”. El sol replicó: “debo vagar sobre tierras y mares; esperen un poco y mi “pájaro-sol”, vendrá hacia ustedes. El sabe las maravillosas historias de las estrellas y del arco iris. Al mismo instante, la mariposa voló, posándose sobre las flores. Permaneció para siempre con ellas y las flores la querían como una hermana.

La Casita

En la mitad del campo había una casita de paja, rodeada de flores.


Pasaba por allí, muy de prisa, una ratita pardita.

Buscaba dónde vivir y preguntó:

Casa, casita, ¿quién adentro habita?

Como nadie contestó, la ratita comenzó a vivir en ella muy feliz.

La rana Cuacuana iba saltando por el campo. De pronto vio una casita muy hermosa.

Casa casita, ¿quién adentro habita?
Soy la ratita Pardita, y ¿quién eres tú?
Soy la rana Cucuana.
Pues vente a vivir conmigo.

Y Cuacuana y Pardita comenzaron a vivir en la casita.

Y aquí va Brincalejos, el conejo más veloz. Pasa, ve la casa y pregunta:

Casa casita, ¿quién adentro habita?
Yo, la ratica Pardita.
Yo, la rana Cuacuana.
¿Quién eres tú?
El conejo Brincalejos.
Pues ven a vivir con nosotras.

El conejo da un magnífico salto y así empiezan los tres a vivir juntos.

Pasa por allí la zorrita Rabirrojita. Da unos golpecitos en la ventana y pregunta:

Casa casita, ¿quién adentro habita?
Yo, la ratica Pardita.
Yo, el conejo Brincalejos.
Yo, la rana Cuacuana.
¿Quién eres tú?
Yo soy la zorrita Rabirrojita
Pues ven a vivir con nosotros.

Se mete así la zorra en la casa y los cuatro empiezan a vivir juntos.

De pronto pasa por allí un oso Zarposo. Ve la casita y con un gruñido amistoso pregunta:

Casa casita, ¿quién adentro habita?
Yo, la ratica Pardita.
Yo, la rana Cuacuana.
Yo, el conejo Brincalejos.
Yo soy la zorrita Rabirrojita
¿Quién eres tú?
Yo soy el oso Zarposo
Pues ven a vivir con nosotros.

El oso intenta entrar. Lo intenta, lo intenta por la puerta, intenta por la ventana,pero no puede pasar.

Entonces dice:

Mejor será que viva en vuestro tejado. ¿y hundirnos la casita? —responden todos a coro.

Pero cómo la voy a hundir.
Está bien, está bien, sube.

Y sube el oso al tejado, y en el mismísimo instante en que se sienta —¡cataplás! —hunde la casa. La casita crujió, se ladeó y se derrumbó del todo. Disparados salen la ratita Pardita, la rana Cuacuana, el conejo Brincalejos y la zorra Rabirrojita. Desolados, no tienen dónde vivir.

Así, empiezan a traer troncos del bosque, sierran tablas, cortan, clavan y construyen una nueva casa, que alberga a todos y es mucho mejor que la anterior.

21 y 22 Mayo: Talento e impedimento

Talento e impedimento: un acercamiento a las leyes del destino

Sexto bloque de formación para la Capacitación a la atención del niño menor de tres años, a cargo de Consuelo Abad.

Acompañaremos la Capacitación de un taller de manualidades permanente para preparar nuestro propio material de casa o aula y visualizar en los sencillos elementos cotidianos qué puede constituirse como un material apropiado para el juego del niño más pequeño.

Taller de Música de la época, que nos permita trabajar y con ello generar un repertorio en canciones útil para nuestro trabajo. (canciones y versos inéditos)

Docentes

• Consuelo Abad, Psicologa, Biógrafa y maestra Waldorf

• Sandra Chandia, Maestra Waldorf, madre de día en Casa Waldorf.

Horario

sábado de 10:00h a 13:30h / 16:00h a 19:30h

domingo de 10:00h a 13:30h

Para recibir mas información y  reservar plaza escribir a casawaldorf@gmail.com o por teléfono al 635 799 179

Encuentro con la Pedagogía Waldorf

El encuentro va dirigido a familias, padres, niños, maestros y, en general, a toda persona interesada en tener una vivencia en relación con la Pedagogía Waldorf.  El Encuentro será de carácter esencialmente práctico.

Impartido por Dª Sandra Chandía, Maestra Waldorf,, Pstgraduada en Educación Infanti Waldorfl, Madre de día en Casa Waldorf – Altea. Con más 15 años de experiencia

Programa

10:00h Presentación y Parte Rítmica: activación a través del movimiento y la música

10:30h Taller para niños/niñas) y Padres/madres Hacer el Pan

11:30h Pausa

12:00h Charla coloquio: La imagen del niño desde la Pedagogía Waldorf

13:30h UN CUENTO: “El niño que quería ser llevado por doquier”

14:00h Ronda de despedida

Niños y niñas que han jugado bien serán ciudadanos participativos y productivos

El psicopedagogo, pensador e ilustrador italiano, conocido también como Frato, nos recuerda la importancia de que familia, escuela y ciudad garanticen el derecho de los niños y niñas al juego.

En estos días en que todos se quejan de la inseguridad en las calles, usted pide devolverles la ciudad a los niños y niñas

Es que los niños han sido expulsados de la ciudad. Actualmente no hay condiciones adecuadas para su presencia. El espacio público se ha destinado a crear estacionamientos y favorecer el movimiento de los autos en la ciudad. Las pistas se han ampliado y las veredas estrechadas porque cada vez menos personas aprovechan de la movilidad peatonal y más optan por el auto. 

Uno de los derechos del niño es la posibilidad de aprovechar los espacios públicos como todos los ciudadanos. Con la Convención sobre los Derechos del Niño, ocurre una revolución jurídica y cultural. Se reconoce que los niños son ciudadanos desde que nacen.

A diferencia de los niños de mi generación, los de hoy no encuentran un espacio para ellos y tienen que quedarse en su casa frente a una pantalla. La otra opción es que acudan a espacios exclusivos en los que es imposible que puedan relacionarse con todos los actores sociales de su comunidad.

¿Cuánto impacta en la vida de un niño que encuentre limitaciones para jugar? 

Muchísimo. Niños y niñas que han jugado bien serán ciudadanos participativos, productivos y sanos.

Actualmente no hay dudas de que el juego es una experiencia y actividad que impacta incluso en la adultez.

Recordemos que en los primeros años se produce el desarrollo más importante de toda la vida. En esta etapa no hay escuela, maestros ni textos escolares. Lo que se aprende es a través del juego. Un niño o niña que no juega no se desarrolla adecuadamente.

Una ciudad en la que no ves a la infancia jugando es una ciudad donde no existe preocupación por el bienestar de sus ciudadanos, es una sociedad que no es democrática y en la que no existe preocupación por el futuro.

¿No bastan los parques infantiles, las ludotecas…?

El derecho al juego no se cumple creando espacios reservados para los niños. Estos espacios son una ficción, un juego entre adultos para justificar su labor de cuidar a los niños y para crear condiciones favorables para conquistar el voto de los ciudadanos.

La competitividad parece estar empujando a muchas escuelas y familias a limitar el tiempo dedicado al juego para cumplir con las tareas escolares 

Desde mi punto de vista las tareas escolares para el hogar son una equivocación pedagógica, porque normalmente la mayoría de los chicos que requieren reforzar lo aprendido no tienen una familia capaz de ayudarlos en las tareas de la tarde.  

En la Convención de los Derechos del Niño hay un artículo sobre el derecho al juego y otro sobre educación. Es decir que a ambos se les concede el mismo peso y el mismo respeto. No digo que la misma cantidad de horas que se dedican a la escuela se dediquen al juego, pero creo que niños y niñas sí deben tener todos los días tiempo para jugar. 

En ese sentido, los padres deberían comprender que sus hijos no necesitan tantos juguetes, lo que requieren es tiempo libre, amigos con quienes jugar y el espacio elegido disponible. No es un gran regalo inscribirlo en todos los cursos de la tarde y cubrir su agenda de actividades como si fuera un adulto.

La ciudad también tiene que dar un paso atrás renunciando a crear espacios exclusivos para niños y aceptando que invadan, utilicen y ocupen el espacio público. Las veredas, las plazas tienen que ser compartidas con la infancia.

A las escuelas les corresponde reconocer que el tiempo de la tarde no es suyo, sino de los alumnos y alumnas y que son ellos y sus familias los que deben decidir cómo quieren aprovecharlo. Sería mucho mejor que la escuela se preocupe porque los niños aprovechen la tarde para vivir experiencias propias, ricas, de aventura y descubrimiento; de manera que al día siguiente tengan algo para contar. Que los niños lleven a la escuela la experiencia de su vida sí es una experiencia útil. 

¿Qué debe lograr la escuela para cumplir su tarea?

Debería ser el lugar donde cada alumno pueda descubrir y desarrollar hasta el máximo su talento, sus capacidades. Ayudarlos a encontrar su vocación y desarrollarla al máximo posible. Es la única garantía para que al llegar a la adultez puedan ser competentes, felices y encontrar trabajo.

Entrevista publicada originalmente en Unicef

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