Los ducados caídos del cielo

Érase una vez una niña que había perdido a su padre y a su madre, y se quedó tan pobre, que no tenía ni una cabaña en la que vivir, ni una camita donde dormir. Sólo le quedaban los vestidos que llevaba puestos y un pedazo de pan que le diera un alma caritativa.

Pero la niña era buena y piadosa. Viéndose abandonada del mundo entero, marchóse campo a través, puesta la confianza en Dios nuestro Señor. Encontróse con un mendigo, que le dijo:

– ¡Ay! Dame algo de comer. ¡Tengo tanta hambre!

Ella le alargó el pan que tenía en la mano, diciendo:

– ¡Dios os bendiga! – y siguió adelante.

Más lejos encontró a un niño que le dijo, llorando: – Tengo frío en la cabeza. Dame algo con que cubrirme.

Quitóse la muchachita su gorro y se lo dio.

Y más adelante salióle al paso una niña que no llevaba corpiño y tiritaba de frío. Diole ella el suyo. Después pidióle otra la faldita, y ella se la dio también.

Finalmente, llegó a un bosque, cuando ya había oscurecido, y presentósele otra niña desvalida que le pidió una camisita. La piadosa muchacha pensó: «Es ya noche oscura y nadie me verá. Bien puedo desprenderme de la camisa», y se quitó la camisa y la ofreció a la desgraciada.

Y, al quedarse desnuda, empezaron a caer estrellas del cielo, y he aquí que eran relucientes ducados de oro. Y, a cambio de la camisita que acababa de dar, le cayó otra de finísimo hilo. Recogió ella entonces los ducados y fue rica para toda la vida.

Los duendecillos

Un cuento de los hermanos Grimm

Un zapatero se había empobrecido de tal modo, y no por culpa suya, que, al fin, no le quedaba ya más cuero que para un solo par de zapatos. Cortólos una noche, con propósito de coserlos y terminarlos al día siguiente; y como tenía tranquila la conciencia, acostóse plácidamente y, después de encomendarse a Dios, quedó dormido. A la mañana, rezadas ya sus oraciones y cuando iba a ponerse a trabajar, he aquí que encontró sobre la mesa los dos zapatos ya terminados. Pasmóse el hombre, sin saber qué decir ni qué pensar. Cogió los zapatos y los examinó bien de todos lados. Estaban confeccionados con tal pulcritud que ni una puntada podía reprocharse; una verdadera obra maestra.

A poco entró un comprador, y tanto le gustó el par, que pagó por él más de lo acostumbrado, con lo que el zapatero pudo comprarse cuero para dos pares. Los cortó al anochecer, dispuesto a trabajar en ellos al día siguiente, pero no le fue preciso, pues, al levantarse, allí estaban terminados, y no faltaron tampoco parroquianos que le dieron por ellos el dinero suficiente con que comprar cuero para cuatro pares. A la mañana siguiente otra vez estaban listos los cuatro pares, y ya, en adelante, lo que dejaba cortado al irse a dormir, lo encontraba cosido al levantarse, con lo que pronto el hombre tuvo su buena renta y, finalmente, pudo considerarse casi rico.

Pero una noche, poco antes de Navidad, el zapatero, que ya había cortado los pares para el día siguiente, antes de ir a dormir dijo a su mujer:

–    ¿Qué te parece si esta noche nos quedásemos para averiguar quién es que nos ayuda de este modo?

A la mujer parecióle bien la idea; dejó una vela encendida, y luego los dos se ocultaron, al acecho, en un rincón, detrás de unas ropas colgadas.

Al sonar las doce se presentaron dos minúsculos y graciosos hombrecillos desnudos que, sentándose a la mesa del zapatero y cogiendo todo el trabajo preparado, se pusieron, con sus diminutos dedos, a punzar, coser y clavar con tal ligereza y soltura, que el zapatero no podía dar crédito a sus ojos. Los enanillos no cesaron hasta que todo estuvo listo; luego desaparecieron de un salto.

Por la mañana dijo la mujer:

–   Esos hombrecitos nos han hecho ricos, y deberíamos mostrarles nuestro agradecimiento. Deben morirse de frío, yendo así desnudos por el mundo. ¿Sabes qué? Les coseré a cada uno una camisita, una chaqueta, un jubón y unos calzones, y, además, les haré un par de medias, y tú les haces un par de zapatitos a cada uno.

A lo que respondió el hombre:

–   Me parece muy bien.

Y al anochecer, ya terminadas todas las prendas, las pusieron sobre la mesa, en vez de las piezas de cuero cortadas, y se ocultaron para ver cómo los enanitos recibirían el obsequio. A medianoche llegaron ellos saltando y se dispusieron a emprender su labor habitual; pero en vez del cuero cortado encontraron las primorosas prendas de vestir. Primero se asombraron, pero enseguida se pusieron muy contentos. Vistiéronse con presteza, y, alisándose los vestidos, pusiéronse a cantar:

«¿No somos ya dos mozos guapos y elegantes?

¿Por qué seguir de zapateros como antes?.”

Y venga saltar y bailar, brincando por sobre mesas y bancos, hasta que, al fin, siempre danzando, pasaron la puerta. Desde entonces no volvieron jamás, pero el zapatero lo pasó muy bien todo el resto de su vida, y le salió a pedir de boca cuanto emprendió.

La Serpiente Blanca

Hace mucho tiempo vivía un rey, famoso en todo el país por su sabiduría. Nada le era oculto; y parecía que por el aire le llegaban las noticias de las cosas más desconocidas  y secretas. Pero tenía una extraña  costumbre. Todos los días, después de la cena, cuando la mesa había sido retirada y cuando nadie se hallaba presente, un criado de confianza le servía un plato más. Estaba tapado, y ni siquiera el criado sabía lo que contenía, pues el Rey no lo descubría ni lo comía hasta encontrarse completamente solo.

Las cosas siguieron así durante mucho tiempo, hasta que un día al criado que retiraba el plato, le entró una curiosidad irresistible, y después de retirar el plato, lo llevó a su propia habitación. Cerró la puerta con todo cuidado, levantó la tapadera y vio que en la bandeja yacía una serpiente blanca. No pudo resistir el antojo de probarla, cortó un pedacito y se lo llevó a la boca.

Apenas lo hubo tocado con la lengua, cuando oyó un extraño susurro de suaves voces que venían de afuera de la ventana. Él fue y escuchó con detenimiento, y observó que eran gorriones que hablaban entre sí, contándose mil cosas que vieran en los campos y bosques. Al comer aquel pedacito de serpiente había recibido el don de entender el lenguaje de los animales.

Sucedió que aquel mismo día se extravió la sortija más valiosa de la Reina, y la sospecha del robo recayó sobre el fiel criado que tenía acceso a todo lugar del palacio. El Rey le mandó comparecer a su presencia, y con duras palabras le amenazó,  diciéndole que si para el día siguiente no lograba descubrir al ladrón, la culpa recaería en él y sería severamente castigado. En vano argumentó su inocencia; y fue retirado sin lograr una mejor respuesta.

Con su problema y angustia, bajó al patio, pensando en la manera de salir del apuro. En eso algunos patos descansaban  tranquilamente en el arroyo, y mientras se alisaban las plumas con el pico, sostenían  una animada conversación. El criado se detuvo a escucharlos. 

Conversaban sobre dónde habían pasado la mañana y lo que habían encontrado para comer. Uno de ellos dijo algo disgustado:

-«Siento muy pesado el estómago. Por estar comiendo de prisa, me tragué una sortija que estaba al pie de la ventana de la Reina.»-

Inmediatamente, el criado lo agarró por el cuello, lo llevó a la cocina y dijo al cocinero:

– Éste es un buen pato, que ya está en buena condición para la cena.»-

– «Cierto»- dijo el cocinero sopesándolo con la mano, -«él no ha tenido reparo en engordar por sí mismo, y hace días que estaba esperando ir al asador.»-

El cocinero lo empezó a preparar, y cuando lo estaba adobando, apareció en su estómago el anillo de la reina.

Ahora el fiel criado pudo probar su inocencia, y el rey, queriendo rectificar su error, le ofreció el mejor puesto que quisiera dentro de la corte. 

El criado declinó este honor y solamente pidió un caballo y algún dinero para viajar, pues deseaba ver el mundo y pasarse un tiempo recorriéndole. 

Otorgada su petición, se puso en camino y un día llegó a un estanque, donde observó tres peces que habían quedado aprisionados entre cañas y luchaban por volver al agua. Ahora, aunque se diga que los peces son mudos, el hombre entendió los miserables lamentos de aquellos animales, por verse condenados a una muerte tan miserable,  y como él era de corazón compasivo, se apeó de su caballo y devolvió los tres peces al agua. Ellos saltaban de alegría, y asomando las cabezas, le dijeron:

-» Nos acordaremos de tí, y ya te pagaremos por salvarnos.»-

Siguió cabalgando, y al cabo de un rato le pareció oír  una voz en la arena a sus pies. Escuchó con atención, y oyó a la reina de un hormiguero que se quejaba:

– «¿Por qué esos hombres, con sus torpes bestias, no nos dejan de maltratar tanto? Ese caballo estúpido, con sus pesados cascos, está aplastando sin compasión a mi gente.»-

Entonces él se hizo a un lado del camino, y la reina de las hormigas le gritó:

-» ¡Nos acordaremos de ti, una buena acción, depara otra!»-

El camino lo condujo a un bosque, y allí vio una pareja de cuervos a la orilla de su nido, que arrojaban de él a sus hijos:

– ¡Fuera de aquí, vagabundos, buenos para nada!»- les gritaban. -«No podemos seguir alimentándolos. Ya están bastante grandecitos para proveerse por sí mismos.»-

Pero los pobres polluelos quedaban en el suelo, agitando sus alitas y lloriqueando:

– «¡Oh, que desdichados somos,  que debemos de buscarnos la comida y todavía no sabemos volar! ¿Qué más podremos hacer, sino morirnos de hambre?»-

Se bajó el joven, mató al caballo con su espada  y dejó su cuerpo para alimento de los pequeños cuervos, los cuales se acercaron a saltos sobre la presa y, una vez satisfechos, dijeron:

– ¡Nos acordaremos de tí y te lo pagaremos!

El criado tubo que seguir su viaje a pie, y después de caminar un largo trecho, llegó a una gran ciudad. Había gran ruido y multitud de gente en las calles, y un hombre venía montado a caballo, gritando en voz alta:

-«La hija del rey desea un esposo, pero quien pretenda su mano debe cumplir una dura tarea, y si no lo logra será severamente castigado.»-

Muchos ya habían hecho el intento, pero en vano. Sin embargo, cuando el joven vio a la princesa, fue cautivado por su belleza, y olvidando cualquier peligro, fue donde el rey y se declaró como pretendiente.

Entonces lo condujeron mar adentro, y en su presencia arrojaron al fondo un anillo. El Rey le ordenó que trajese el anillo del fondo del mar, y añadió:

-«Si vuelves sin ella, serás precipitado al mar y abandonado a tu suerte.»-

Todos los presentes se compadecieron del apuesto mozo, y se retiraron dejando al joven solo en la playa. Él se quedó allí, considerando lo que debía de hacer, cuando de pronto vio tres peces que se le acercaban, y que no eran sino aquellos tres que él había salvado. El que venía en medio llevaba en la boca una concha, que depositó en la playa, a los pies del joven. Él la recogió y la abrió, y en su interior estaba  el anillo de oro.

Lleno de alegría lo llevó al rey, esperando  que le concediese la prometida recompensa. 

Pero la orgullosa princesa, al saber que su pretendiente no era más que un simple criado, lo rechazó, exigiéndole la realización de una nueva tarea. Salió al jardín, y con sus propias manos esparció entre la hierba diez sacos llenos de semilla de mijo y dijo:

– «Mañana, antes de que salga el sol, debes haberlo recogido todo, sin que falte un solo  grano.»-

El joven se sentó en el jardín pensando  sobre como podría cumplir aquella tarea. Pero no se le ocurría nada, y se sentó muy triste pensando que a la mañana siguiente le sería impuesto un terrible castigo. Pero cuando los primeros rayos del sol iluminaron el jardín, encontró los diez sacos  completamente llenos, uno al lado del otro, sin que faltase un solo grano. Por la noche había acudido la reina de las hormigas con sus miles y miles de súbditos, y los agradecidos animalitos habían recogido el mijo muy diligentemente, y lo habían depositado en los sacos.

Bajó la princesa en persona al jardín y pudo ver muy asombrada que el joven había hecho la tarea encomendada. Pero su corazón orgulloso no estaba saciado aún, y dijo:

-«Aunque él haya realizado las dos tareas,  no será mi esposo hasta que me traiga una manzana del Árbol de la Vida.»-

El pretendiente ignoraba dónde crecía aquel árbol, pero se puso en camino, dispuesto a no detenerse mientras lo sostuvieran sus  piernas, aunque no abrigaba esperanza alguna de encontrarlo. Después de haber  recorrido ya tres reinos, un atardecer llegó a un bosque y se tendió a dormir debajo de un árbol. Pero él oyó un rumor entre las ramas, y al instante una manzana dorada cayó en sus manos. En ese mismo momento bajaron volando tres cuervos, que se posaron sobre sus rodillas, y le dijeron:

-«Somos aquellos cuervos pequeñitos que salvaste de morir de hambre. Ahora, ya crecidos, supimos que andabas en busca de la manzana del Árbol de la Vida, entonces cruzamos  volando el mar y llegamos hasta el confín del mundo, donde crece el Árbol de la Vida, y te hemos traído la manzana»-

El joven, con todo júbilo, reemprendió el camino de regreso, y llevó la manzana dorada a la bella princesa, la cual no puso ya más excusas. Ellos partieron la manzana de la vida en dos mitades y se la comieron juntos. De inmediato en el corazón de la princesa brotó un sincero y gran amor por el joven, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas.

Imagen cortesía de: loralora.com

Evolución humana Desarrollo de la voluntad, Primer Septenio.

Capacitación para la atención al niño menor de 3 años

13 y 14 de enero de 2017

Evolución humana Desarrollo de la voluntad, Primer Septenio.

Andar, hablar, pensar.

Confección de juguetes y material. Taller Coral.

Impartido por: Sandra Chandia Riaño, Maestra Waldorf, Madre de día en Casa Waldorf.

Para recibir mas información y  reservar plaza escribir a casawaldorf@gmail.com o por teléfono al 635 799 179.

El burrito blanco

Una vez nació en una pradera un burrito blanco. Su mamá lo miró extrañada: “¿Por qué mi burrito nació sin color?”, le pregunto al padre del burrito. “Tú eres gris, yo soy de color plomo y todos nuestros parientes en las praderas y en los pueblecitos, son de color plomizo”, dijo el padre, inclinando sus largas orejas con preocupación.

“En verdad, a nuestro hijito le falta algo. Esperemos que crezca” dijo la madre del burrito.

“Aparte del color no le falta nada, tiene dos largas orejas, una colita larga y suave, y cuatro patas esbeltas. No es feo. Tal vez cuando crezca el color le aparezca”.

Pero el burrito no le gustó ser diferente a los demás. Estaba triste por no tener la piel gris como sus primos y sus hermanos de la pradera, como su papá y su mamá.
Y apenas sus delgadas piernas le sostuvieron bien, decidió marcharse.
Cuando sus padres dormían se levantó, miró alrededor y vio el campo silencioso. La luna blanca bañaba en plata las piedras y las flores, y el burrito se veía más blanco aún en la noche clara.

“No importa”, se dijo, “todos duermen y nadie me verá .Mañana buscare una cueva donde ocultarme”.
El pequeño burrito no sabía que algunos animales despertaban de noche. Y así fue como al caminar por la hierba se encontró con una mariposa nocturna que buscaba savia de las hojas para beber.
Al ver el burrito, susurró:
“¿Adonde vas, burrito blanco?, Como la nieve parece tu manto,
Como la nube es tu andar, ¿Un color vienes a buscar?”

“Que triste”, pensó el burrito, “¿acaso no puedo encontrar un lugar donde nadie me vea ni pueda burlarse de mi falta de color?”

Al pasar por un muro de piedras se encontró con una lechuza de grandes ojos luminosos que buscaban algún ratoncito para comer. Al ver al burrito blanco abrió sus anchas alas y suspiró:

“¿Adónde vas burrito blanco?, como la escarcha parece tu manto,
Como neblina es tu andar, ¿un color vienes a buscar?”

El burrito bajo la cabeza y la lechuza se deslizo por el aire para atrapar un ratón que había salido de su agujero.
Siguió caminando el burrito y la luna redonda estaba ya muy arriba en el alto del cielo. Al pasar por un viejo árbol, un puma negro que aguardaba allí lo diviso y lo miró con sus malos ojos amarillos. El burrito se asustó y pensó que había llegado su fin, cuando escuchó gruñir al puma desde el árbol:
“¿Adónde vas burrito blanco?, como la espuma parece tu manto,
como el aire es tu andar… ¡Nada que pueda mi hambre saciar!”

“Al menos no me quiere devorar el puma malo”, pensó el burrito, cuando a lo lejos vio a alguien caminar a la luz de la luna.
“Buenas noches, hermoso burrito blanco”, dijo acercándose un extraño niño.

El niño llevaba una camisita alba como flores de naranjo y a su alrededor irradiaba una luz excepcional. Llevaba una carga pesada que apenas podía alzar.
“Muchas gracias”, dijo el burrito, ¿quién eres tu que no me dices feo como todos los demás?”
“Soy el Niño Jesús y del mundo voy por todos los caminos para llevar a cada niño de esta Tierra un regalo, porque pronto será Navidad. “¿Quieres venir conmigo para poderme ayudar?”
El Niño Jesús se acerco al burrito y le acarició entre las orejas diciendo:

“Tu piel es de nubes, y tus ojos son estrellas, tu andar es ligero,
no hay cosa más bella. Tus atentas orejas son de terciopelo
¡Pareces venir del mismísimo cielo!”

El burrito blanco sintió latir su pequeño corazón como un martillito, y pensó que estallaría de tanta alegría.
El Niño Jesús le puso en el cuello una rienda hilada de luz de luna y la adorno con cascabeles de oro.
Y así fue como el Niño Dios ya no tuvo que ir a pié a repartir los regalos de Navidad.
Desde ese día siempre llega montado en su burrito blanco.

La gallinita roja

En alguna parte, en una casita pequeña al lado del bosque vivían un gatito, un ratoncito y una gallinita roja. Allí, el gatito tenía una cesta blanda, el ratoncito tenía un agujero profundo y la gallinita roja una alta barra de gallinero. Una mañana, la gallinita roja se despertó y dijo:
–¿Quién se levantará y encenderá el fuego en el horno?
-Yo no, -dijo el gatito.
-Yo tampoco, -dijo el ratoncito.
-Pues lo haré yo, -dijo la gallinita roja. Y se fue a encender el fuego.
Cuando el fuego estaba encendido,

dijo la gallinita roja:
-¿Quién barrera la salita?
-Yo no, -dijo el gatito.
-Yo tampoco, -dijo el ratoncito.
-Pues lo haré yo, -dijo la gallinita roja. Y se fue a barrer la salita.
Cuando la salita estaba barrida, dijo la gallinita roja:
-¿Quiéeparará el desayuno?
-Yo no, -dijo el gatito.
-Yo tampoco, -dijo el ratoncito.
-Pues lo haré yo, -dijo la gallinita roja. Y se fue a preparar el desayuno.
Cuando el desayuno estaba preparado, dijo la gallinita roja:
-¿Quién tomará este desayuno?
-Yo -dijo el gatito.
-Yo también, -dijo el ratoncito.
-¡No! lo tomaré yo solita -dijo la gallinita roja-, a no ser que me prometáis que desde ahora me ayudaréis siempre.
-Lo haremos -dijo el gatito.
-Lo haremos -dijo el ratoncito.
Así la gallinita roja sintió compasión de sus amigos y compartió con ellos el desayuno.
Cuando terminaron con el desayuno, la gallinita roja miró por la ventana. ¿Y a quién vio en la calle? ¡Al zorro!
-¡Viene el zorro! -gritó, y corrió a su barra del gallinero.
-¡Viene el zorro! -gritó el gatito y se enrolló en su cesta.
-¡Viene el zorro! -gritó el ratoncito y se metió en su agujero.
El zorro entró en la casita.
-Buenos días, ratoncito. Buenos días, gatito. Buenos días, gallinita roja. ¿Quién de vosotros me rascará la piel?
-Yo no -dijo el gatito.
-Yo no -dijo el ratoncito.
Pues te rascaré yo -dijo la gallinita roja.
Le rascó y le rascó, desde el rabo hasta las orejas. Cuando llegó a las orejas, el zorro le dio un zarpazo y metió a la gallinita en un saco.
-¿Quién me ayudará? -gritó la gallinita roja desde el saco.
-Yo no -dijo el gatito, y se agachó aún más en su cesta.
-Yo tampoco -dijo el ratoncito, y se encogió aún más en su agujero.
Ellos creyeron que de esta forma se podrían salvar. Pero no era así. El zorro dio un salto, cogió al gatito de la cesta, atrapó al ratoncito del agujero y los metió en el saco, junto a la gallinita roja. Se colgó el saco en su espalda y se fue hacia su casa.
Era un día muy bonito y caluroso, y el saco con el gatito, el ratoncito y la gallinita roja le pesaba cada vez más al zorro. Lo tiró al suelo, se tumbó en la sombra, y se durmió.
Apenas se había dormido, cuando la gallinita roja sacó unas tijeras pequeñas de debajo de su ala, una aguja y un hilo, y dijo:
-¿Quién cortará con las tijeras?
-Yo -dijo el gatito.
-Yo también -dijo el ratoncito.
Y así, con fuerzas unidas, cortaron el saco y salieron de él.
Cuando estaban libres, dijo la gallinita roja:
-¿Quién me traerá las piedras?
-Yo -dijo el gatito.
-Yo también -dijo el ratoncito.
Y así, con fuerzas unidas, trajeron tres piedras y las metieron en el saco. Cuando las piedras estaban en el saco, dijo la gallinita roja:
-¿Quién coserá el saco?
-Yo -dijo el gatito.
-Yo también -dijo el ratoncito.
Y así, con fuerzas unidas, remendaron el saco y se fueron corriendo a casa. Desde aquel día, el gatito y el ratoncito ayudaron siempre a la gallinita roja.
¿Y qué pasó con el zorro? Se despertó después de un rato, tomó el saco, se lo puso por encima de los hombros y se fue a su casa.
-Me he dormido una buena siesta -se dijo-, pero este saco es pesado, muy pesado.
Cuando llegó a su casa, gritó desde lejos:
-¡Señora madre, ponga la olla de cristal en el horno, traigo la cena!
La vieja zorra puso la olla de cristal en el horno, la llenó de agua y encendió el fuego.
Cuando el agua empezó a hervir, el zorro subió con el saco al tejado, lo volcó justo encima de la chimenea, y lo abrió:
-Gatito, ratoncito, gallinita roja, ¡hala, a la olla!
Y sacudió a través de la chimenea todo lo que había traído. Pero… ¡en vez del gatito, el ratoncito y la gallinita roja cayeron las tres grandes piedras! ¡La olla de cristal se rompió en midazos!
Cuando la vieja zorra lo vio, se enfureció, salió de la cocina, atravesó el patio, se quitó el zueco y lo lanzó al zorro. Y éste se cayó del tejado.
Así, el zorro, en vez de una cena, tenía dos chichones. Uno por el zueco y el otro porque se cayó al suelo.

La Casita de Toledo

Almendros
La casita de Toledo
tiene un seto y un almendro
una higuera mañanera
que da higos y brevas
una puerta en el jardín que todos quieren abrir
y el  arco una campaña
que suena cada mañana.

Los trece hijos

Os traemos una historia para este tiempo, escrita por Sandra Chandía. Al final del cuento, podréis escuchar los aúdios, también cantados al arpa y compuestos por ella.

Un campesino tenía trece hijos. Un día dijo a los doce mayores: ha llegado el momento de que os hagáis cargo de vuestra tierra.
Cogieron sus pertenencias y herramientas de trabajo y emprendieron la marcha sin recibir consejo alguno y sin mirar atrás. Cada uno llevaba un buen puñado de semillas escogido al azar de las reservas de su padre.


Canción:
“Caminantes ciegos, que no oyen consejos
Tus pasos no te han de llevar lejos”

 


En el camino les hablaros nos campesinos del pueblo, pero ellos no atendieron. Los animales y pájaros les quisieron acompañar, pero ellos siguieron su rumbo, sin atender y sin mirar.
Al llegar a sus tierras esparcieron sus semillas y se durmieron.

Canción:
“Duermen todos los hermanos
Las semillas han echado
Sin mirar, sin atender, sin saber.”

 

Las semillas no han crecido y los hermanos no saben que hacer. A la casa de su padre llegan noticias de lejos, los doce hijos están perdidos, no han oído consejos.
El pequeño, el treceavo, pide a su padre el favor, que le permita ir en ayuda de sus hermanos por amor.
El pequeño emprende el viaje, en su caballo veloz. Va cargado de la buena semilla y los saberes de su padre labrador.

Canción: “Buen oído ojo atento y la buena decisión, ayudar a los hermanos con su noble corazón“

 

Al llegar al campo no hay nadie trabajando, los hermanos están dormidos, a nadie han oído.
Con el primer golpe de azada, un centenar de palomas blancas se acercan volando.
Con el estrepito y el aire los hermanos se levantan.
En el pico las palomas llevan semillas nuevas. Apropiadas y preparadas para la nueva tierra.
Y se ponen los hermanos, muy contentos, al trabajo, agradeciendo al pequeño que tan buena nueva trajo.
Canción: “ Paloma del palomar que el amor vas a buscar”

 

Sandra Chandía R. – Maestra Waldorf

20 y 21 Mayo: Sobre los cuidados a la hora de las comidas, consciencias y destrezas del educador

mayo en casa waldorf

Acompañaremos la Capacitación de un taller de manualidades permanente para preparar nuestro propio material de casa o aula y visualizar en los sencillos elementos cotidianos qué puede constituirse como un material apropiado para el juego del niño más pequeño.

Taller de Música de la época, que nos permita trabajar y con ello generar un repertorio en canciones útil para nuestro trabajo. (canciones y versos inéditos)

Docentes:

Sonia Kliass (Psicologa, especialista en el estudio de movimiento infantil de Emmi Pikler)

Sandra Chandía, Maestra Waldorf, madre de día en Casa Waldorf.

 

Para recibir mas información y  reservar plaza escribir a casawaldorf@gmail.com o por teléfono al 635 799 179

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